Ciudad hermana

La idea era que no se diferenciara la copia del original. Y así fue. En lo alto del cerro, Zhora se bajó del caballo y los hombres y mujeres que formaban parte de su comitiva se pusieron a sus órdenes. Recupera de su memoria calles y plazas y empieza a señalar con sus enjoyados dedos: aquí va la mezquita, bajando la ladera, los baños, tres arcos, una muralla, la medina entre esas dos lomas, y la casa de mis padres justo ahí.

Esa fue la única condición. No le pidió amor eterno, ni fidelidad, ni hijos, ni palacios. Solo quería que le construyera una ciudad idéntica a la que abandonó en Al-andalus.

EL ACANTILADO DE LOS CORSARIOS

Visitar La Breña y los acantilados de Barbate es contemplar un pulso entre el campo y el mar, la civilización y la Naturaleza, las dunas y los pinos, la historia y el presente. Una bella extensión de pinos piñoneros replantados a principios de siglo para frenar las dunas móviles que avanzaban por la ladera del monte. Inmutables torres vigías que permanecen ancladas sin tener ya piratas enemigos sobre los que alertar. Un lugar desde donde, quizás, un día hace más de 200 años, alguien se quedó mirando hacia el Oeste, hacia aquella batalla naval que libraban las flotas inglesas y franco-española frente al cabo llamado Trafalgar.descarga-7
Ningún parque encierra en tan relativo poco espacio –es el más pequeño de los 22 parques naturales que existen en Andalucía- tanta variedad, tantos contrastes de olores y colores. ¡Ese acantilado sobre el mar!. ¡Ese olor a romero y lavanda y a sal y algas!.
El Parque Natural de la Breña y Marismas del Barbate parece estar diseñado para quienes deseen iniciarse en el turismo ecológico, aunque no faltan dosis de cultura y hasta es posible darse un baño en las azules aguas del Atlántico. Entre los términos municipales de Vejer de la Frontera y Barbate, ocupa una extensión de 3.797 hectáreas, de las que 1.500 se adentran en el mar y constituyen una importante reserva marina. Su dimensión abarcable permite recorrerlo con facilidad en una sola jornada y se puede optar a adentrarse en su recorrido por diversos senderos marcados y señalizados para este fin.
La primera opción es el sendero del Acantilado de Barbate –el más largo de los que se proponen, unos seis kilómetros- que se inicia en la sorprendente y virgen Playa de la Yerbabuena y finaliza en Los Caños de Meca atravesando el parque por completo. Bordeando el litoral nos encontramos con el mirador del Acantilado. A nuestros pies, la pared rocosa forma una gigantesca pajarera que alberga a gaviotas, palomas bravías, garcillas y estorninos o aves de presa como el cernícalo y el halcón peregrino. Al Sur vemos la ensenada de Barbate hasta el cabo de Gracia y más lejos, las sierras de El Retín, Plata y San Bartolomé. En los días claros incluso es posible divisar desde aquí la costa africana desde Yebel Musa hasta Tánger. En el punto más alto del risco no tarda en aparecer ante los ojos del visitante la Torre del Tajo –antiguamente llamada de la Tembladera- construida en el siglo XVI. Se trata de una de las torres almenaras levantadas en el litoral para advertir sobre la presencia de piratas o corsarios en las proximidades de la costa. Los ataques turco-berberiscos, que, durante siglos, asolaron la zona obligó a la construcción de una red de torres que, más que de carácter defensivo, servían para comunicarse – a través de fuego, humo o disparos de artillería- a lo largo del litoral. El sendero continúa luego bajando gradualmente hasta alcanzar Los Caños en donde descansa el extremo occidental del acantilado y forma calas de innegable belleza.
Si el visitante desea hacer este camino de manera aún más fácil puede optar por dejar su coche en el área de aparcamientos que existe a unos tres kilómetros de Barbate y recorrer igualmente parte de los acantilados hasta llegar a la Torre del Tajo.
brenaEl segundo camino que se puede seguir es el llamado sendero de Torre de Meca. Esta torre -situada en el cerro que le da el nombre tanto a la fortaleza como al núcleo de Los Caños- fue construida ya en el siglo XIX con las mismas características que la anterior y para suplir la escasa visibilidad que había entre la torre del Tajo y la siguiente más cercana, la torre de Trafalgar, de la que sólo se conserva actualmente unos sillares junto al faro de este mismo nombre. Esta ruta comienza en el área recreativa de El Jarillo, situada en el margen derecho de la carretera que divide el parque desde Barbate hasta Los Caños. Por este lugar pasa un carril que nos lleva a San Ambrosio, en donde se conserva la única ermita visigoda de la provincia de Cádiz y casi la única de Andalucía. El Jarillo –en el que en época de colecta se observan impresionantes montañas de piñas recogidas para su posterior venta- está acondicionado como merendero y es perfecto para pasar un día de campo. Si no, se puede continuar camino hasta otro área recreativa, el de Majales del Sol, por el que también hay que pasar si se opta por seguir este sendero que nos conduce a la Torre de Meca. Antes de llegar a la torre, los pinos dejan paso a lo que fue un arboretum de hasta once especies diferentes de eucaliptos que fue plantado hace casi cuarenta años para experimentar con nuevas especies de repoblación forestal. Al igual que en los acantilados, también abundan una gran variedad de pájaros como abubillas, jilgueros, verdecillos, e incluso se pude oír el canto de algún cuco. Es por aquí en donde además se puede observar algunos ejemplares de camaleón, uno de los reptiles más amenazados y que está estrictamente protegido por la ley.
Por último, existe otro sendero más, el de las Marismas del Barbate, que comienza al otro lado del parque, en la carretera entre Barbate y Vejer, en las huertas de La Oliva y que recorre el margen derecho de esas marismas surgidas por la desembocadura del río Barbate. En este lugar es fácil observar las aves migratorias que llegan del resto de Europa o de Africa y que, desecada la laguna de La Janda, necesitaron otro lugar de descanso antes de atravesar el Estrecho.

Borges y su odio al fútbol

El argentino borges2universal, Jorge Luis Borges tuvo los santos arrestos de dar una conferencia en Buenos Aires sobre el apasionante tema de la inmortalidad el mismo día y a la misma hora que la selección argentina de fútbol debutaba en el Mundial del 78. Eso es valor.

Uno de los escritores más importantes del siglo XX odiaba el fútbol. Para él era “feo estéticamente”. Decía “once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. Los futbolistas eran para él meros piratas de la vida y el fútbol era «popular porque la estupidez también es popular».

Corre por ahí la leyenda urbana de que esta tirria se debía a que una mala caída jugando al fútbol con unos amigos había sido el origen de su ceguera. Será invención de futboleros que no pueden entender esta manía porque, en realidad, fue la misma ceguera hereditaria y progresiva que ya tuvo su padre. El caso es que el eterno candidato al Premio Nobel, arremetía cada vez que salía el tema. “Qué raro –decía- que siendo Inglaterra un país tan odiado nadie le haya echado en cara haber llenado el mundo de juegos estúpidos, como el fútbol, que es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

Para este escritor de cuentos magistrales, “el fútbol despierta las peores pasiones, sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante…”

 

Vázquez Montalbán buscando a Dios

images-18Manuel Vázquez Montalbán se definió a sí mismo como «periodista, novelista, poeta, ensayista, antólogo, prologuista, humorista, crítico, gastrónomo y culé”. Criado en El Raval, en una familia republicana que conocía la cárcel, escribió sobre el Barça desde una óptica social por primera vez desde la Guerra Civil. Hijo de gallego y murciana, defendía al Fútbol Club Barcelona como símbolo de la pertenencia a unos colores por parte de los inmigrantes desconcertados en la extraña gran ciudad. Válvula de escape del charnego. Más que un club.

Comparte con Joan Manuel Serrat el mito de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. “Ahí están –decía- esos cinco cromos junto a las fotos de mis seres queridos y a los vacíos de los animales que se me han muerto”. Escribió un centenar de artículos de fútbol y a su personaje más famoso, el detective privado Pepe Carvalho, se lo llevaba al estadio alguna vez. Habló de la Liga de las Estrellas estrelladas que vino con la liberación del mercado, de la Liga de la Extranjería, porque hay pueblos que nacen para crear futbolistas y otros para comprarlos, y de la Liga de los Traficantes. Pertenecía a la era de las drogas y el alcohol, pero pensaba que “así como el alcohol sigue siendo lo que era, el fútbol es cada vez más una droga de diseño”. Hace ya años que escribía: “los clubes se remodelan según los cánones de poderosos centros financieros y mediáticos. Ni siquiera Ronaldo es un jugador de fútbol, es un diseño de la FIFA y de las multinacionales de prendas deportivas. Cuando se ficha a un entrenador diseñador, su talento no consiste en sacar partido a los jugadores de la plantilla, sino a construir plantillas a la medida de su ejemplo. Si a los feligreses no les gusta el diseño, nuevos gladiadores se pondrán nuestros colores. El día que una marca se anuncie en la bragueta de los calzones, los jugadores no se protegerán las partes con las manos en un tiro directo».

Su libro póstumo es “Una religión en busca de un Dios”. Los estadios son catedrales, los aficionados adoran los colores de su equipo y los futbolistas son dioses. El «más bello deporte del mundo» es la religión del siglo XXI, diseñada por la FIFA y por las multinacionales. Por todo ello, Vázquez Montalbán defendía que el público no tiene alternativa, porque «los partidos políticos están obsoletos y las religiones no se han puesto al día en marketing teologal de masas, así que no hay mejor comunión de los santos que ser del Madrid o del Barcelona». O del que sea. Porque, en todo caso, estamos hablando de una religión politeísta.

El despertar de la señorita Prim

A las siete en punto suena la sirena de Astilleros. La oye desde su habitación. Tres minutos después lo hace la alarma del móvil que deja cada noche en la mesilla. La sirena que azuza a los trabajadores es como la llamada del muecín a su conciencia de clase. Ellos ya están dentro. Se levantaron antes que ella, tomaron un café rápido antes que ella, cogieron sus coches y aparcaron antes que ella. Se los imagina ahora como entrando en una fábrica. Como en la escena de los Lumiere pero al revés. Se regodea en su breve privilegio durante esos tres benditos minutos y se levanta poco a poco de la cama. No sabe por qué pero siempre se acuerda en este momento del título de una novela: «El despertar de la señorita Prim»,  sin tener nada que ver esa historia ni con ella ni con su vida.

Hoy es de esas mañanas en las que tras ponerse la zapatilla del pie derecho–siempre el primero no sabe por qué prioridad del subconsciente- tiene ya que descansar un poco antes de ponerse la del pie izquierdo. Hoy es de esas mañanas en las que ni mira si llueve o no.

Mientras espera que hierva el café, recuerda esos otros despertares. Su madre se acercaba a su litera y le tocaba suavemente los pies por encima de las mantas. Así iba, todas las mañanas, despertando uno a uno a todos sus hijos. Como tocando las teclas de un piano imposible. Como la mano de Dios. Sólo un toque y todos resucitaban.

Al tiempo que toma el café, pone una lavadora, completa la lista de la compra, deja preparado el desayuno, mete el bocadillo en la mochila, pega en el espejo una nota con indicaciones de intendencia, anota el teléfono del oftalmólogo para pedir cita, recoge el portátil, ordena los cojines del sofá y se pone los tacones.

Antes de irse entra en la habitación a contemplar el sueño de un niño. Siempre lo mira un rato. ¿Qué imágenes pasarán por su cabeza?. Duerme alejado todo lo que puede de la pared porque por ahí, dice él, entran las pesadillas. No le toca los pies. Le deja dormir con envidia.

Es como un parto, piensa. Abandonar una cama confortable y tener que salir a la calle es como ser expulsado del útero materno y que unas manos extrañas te den unas palmaditas que te obligan a respirar a la fuerza. Por la acera se ven a padres y madres conciliando la vida familiar y laboral. Pasan rápidos, empujando sillitas con bebés adormilados, todavía en pijamas, que deberían estar en sus cunas. Ellos, padres e hijos, también han sido expulsados de otros vientres. El autobús va lleno. Como siempre. Da un breve frenazo y al intentar agarrarse a la barra roza la mano de una mujer. La  señora la retira rápidamente. Lógico. Ella también querría, seguramente, no tener que estar ahí ahora. Querría continuar en el vientre. Calentita.

 

Competición lírico-futbolística: Alberti vs Celaya

Esta es la historia de cómo dos forofos rivalizaron con palabras para defender a sus equipos. Se llamaban Rafael Alberti y Gabriel Celaya y eran, además de futboleros, poetas. Estamos en 1928. En el Sport del Sardinero, Santander, se juega la final de la Copa de Fútbol entre la Real Sociedad de San Sebastián y el Fútbol Club Barcelona. Como todavía Rafael Ballester no había ideado lo del lanzamiento final de penaltis -que se usó por primera vez en 1962 en el Trofeo Ramón de Carranza de Cádiz- en el torneo citado hicieron falta tres partidos para saber quién ganaba.

Para el poeta de El Puerto de Santa María, fue “un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismofc_barcelona_1928-1929. La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Platko fue acometido tan furiosamente por los del Real que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. Cuando el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar».

Alberti le dice a su amigo Gerardo Diego que se  había perdido el partido más heróico del mundo: «hubieras llorado, gritado y hasta perdido el conocimiento”. Así que le escribió una oda al heroico guardameta húngaro: “… Camisetas azules y blancas, sobre el aire, camisetas reales/ contrarias, contra ti, volando y arrastrándote/ Platko, Platko lejano/ rubio Platko tronchado.

Y aquí entra en competición lírica un forofo del equipo contrario, el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya, porque siempre creyó que tenía que ganar la Real en aquellas tres finales. Así que a la oda de Alberti, Celaya escribió su “Contraoda del poeta a la Real Sociedad”. y así lo contó: “ Y recuerdo también nuestra triple derrota/en aquellos partidos frente al Barcelona/que si nos ganó, no fue gracias a Platko/sino por diez penaltis claros que nos robaron. /Camisolas azules y blancas volaban/y nada pudo entonces toda la inteligencia/y el despliegue de los donostiarras/que luchaban entonces contra la rabia ciega/y el barro, y las patadas, y un árbitro comprado”.

Nada nuevo bajo el sol. Le quita méritos al rival y acusa al árbitro de vendido. Aunque eso sí, todo mucho más poético.

Encadenados

1. -El ascensor guarda sus momentos de mayor intimidad. Cada vez que entra se mira en el espejo ahumado y busca algún gesto que le recuerde su inocencia, que le rescate de la náusea. Hoy sale del edificio arrastrando los pies y el alma, con el maletín como anclado al suelo. La reunión ha sido dura pero sabe que contarán con él para el cargo. Tantas estrategias fraguadas traición a traición. Tantas sonrisas a la persona adecuada y tanto codazo a tiempo. Se merece el puesto más que nadie. Se dejó la vida pero por fin tendrá chófer, secretaria y 6.000 euros al mes. Sin contar las dietas.

Sale de la sede del partido y entra en el estanco de la plaza a comprar un paquete de Camel.

2.- La estanquera está deseando que den las nueve para irse a casa. Es la urgencia de la recién casada. Mira el reloj cada diez minutos y, como cada día, y cada minuto que permanece tras el mostrador, suena la música clásica que sintoniza en Radio Nacional. Su marido la suele recoger cuando cierra. La espera en la puerta y después la pasea por la ciudad al caer la tarde y la muestra como un trofeo de ébano. Deja que le adelante unos pasos solo para verla caminar, ondulante. Ese ris-ras de las medias de nylon rozando el forro de su falda de tubo. Y a cada golpe de tacón tiembla el suelo. Y los niños de la plaza la miran, y sus papás también.

Hoy va sola y camino del autobús entra un momento en la iglesia de San Francisco. Lo hace más por recordar su propio pasado que por amor a Dios. El olor a humedad, a humo de velas y a flores marchitas de las iglesias le llevan a la capilla de la misión que las monjas tienen en Malabo. En el orfanato pasó los primeros años de su vida. Ya por entonces la mayoría de las hermanas eran nativas que apenas conservaban algunas palabras del castellano. Pero a las niñas siempre les ponían nombres en español: Reina, Dulce, Bonita. Ella era Linda. Siempre le gustó más ese nombre que el que le pusieron en España.

3.-El sacristán termina de apagar las velas y le hace gestos desde lejos al cura oculto en el confesionario. La hermosa mulata que rezaba como distraída en la tercera banca ya se ha ido y hay que cerrar la puerta. El sacerdote le mira pero permanece pensativo en su guarida. Ya está mayor y cansado. Allí ha estado toda la tarde, como en su guarida esperando a una presa con la conciencia inquieta. Disimula con el misal en la mano pero rastrea con el rabillo del ojo. Esta tarde, no sabe por qué, le ha venido a la cabeza su abuela. Si le viera…. ¡Ay, las beatonas -decía- qué temprano se levantan y que les cuesta dejar una iglesia por la tarde!. Su abuela trabajaba a principios de siglo en la fábrica de tabacos. Atea, fumadora y de la CNT. Se santigua mascullando una absolución que salvara a su abuela del fuego eterno al tiempo que recuerda la última confesión de la tarde: el médico.

4.-El oncólogo  cuelga el móvil al tiempo que abre la puerta de casa. Su mujer está sentada frente al televisor, como siempre. “Tan guapa y tan indolente”, pensó.
-¿A qué no sabes con quien acabo de hablar?.
-No.
-Con Miguel. Está contento. Por fin hoy le han confirmado para el cargo. Pobre. Le he citado a la consulta mañana. Hoy me han dado sus resultados. Le quedan unos tres meses. No tiene ni idea. Es una lástima, una lástima.

Ella no deja de mirar el televisor. El no deja de pensar en la hermosa mulata con la que se acaba de cruzar camino a casa.

…y la cristalería de Bohemia sin estrenar

Hace un mes me regalaron un juego de sábanas preciosas. Tienen más de 70 años y estaban sin estrenar. Conservaba incluso las tiras de cartón que daban forma a esa perfecta manera en que venían dobladas. El algodón blanco había amarilleado por algunas zonas  y los alfileres se habían oxidado clavados en la tela.

La sensación de despojarlas de ellos  y de extenderlas después de que alguien las doblara hace casi un siglo fue… extraña. Especial.

¿Dónde estarán las manos que las doblaron?, ¿en qué cajones han estado tanto tiempo?, ¿por qué casas habrán pasado?.

Me las regaló una mujer buena, a la que quiero. A ella se la regalaron siendo una chiquilla y ya ha cumplida 90 años. Nunca las estrenó. Nunca vio el momento adecuado. Siempre las conservó en su caja original y ya no las quiere estrenar. Por eso me las dio.

Me ha recordado a un breve poema que me impresionó cuando lo oí hace unos años a su autora, Isabel Escudero: «La vida se me va y esta cristalería de Bohemia sin estrenar».

Así que hoy he puesto las sábanas en mi cama y he comido en la vajilla de La Cartuja que mi madre me regaló para ocasiones especiales.