Rompo el horizonte

Digo fuego y las amapolas se abrazan y me acusan

Siento frío y una serpiente se acomoda en mis tripas

Tengo miedo y la niña con trenzas me toca la espalda de mármol

Grito un susurro estéril y el teléfono me mira con pena

Respiro hondo mientras intentan jugarse mi futuro al parchís

Digo mar y la arena se acerca a mi puerta

Rompo el horizonte y tú te quejas de los cristales rotos

Pero la libertad, esa libertad, ya es mía

La noche

La noche hace sonar las alarmas y las arañas huyen de los papeles en blanco.

Se quita el sombrero ante un gorrión y le cede el asiento al borracho.

La noche huele a día caducado que se lleva el camión de la basura.

Recuerda los minutos del columpio, busca ecos en el mar y se crece en la sala de espera.

La noche aguarda el milagro de la leche de la madre.

Baila su ritual con el insomne y le sonríe a los cuerpos desnudos tras las cortinas.

La noche miente más que habla y se calla lo que sabe.

Y, como el abrazo reincidente de un amante a sueldo, siempre vuelve.

 

Consejo

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Cuando rompas el billete de vuelta y tires al fuego retales de tardes enfurecidas.

Cuando descosas el vestido de promesas hecho a medida y rasgues las sábanas que tocaron sus pies.

Cuando confundas miradas y olvides canciones.

Cuando destruyas el rincón en el que se esconden los reproches.

 Y pises, al fin, el prado.

Entonces,  sacúdete el rencor de los hombros y camina como si fueras lluvia y tu cuerpo fuera el universo.

 

Mi superhéroe

 

Músico de perros invisibles.

Navegante en una balsa de mentira.

Superhéroe en pijama.

Bellos ojos oscuros que se clavan en mi vientre.

Tus pupilas guardan el misterio de la vida.

Boca en construcción. Tus labios bebieron de mí.

Rodillas desconchadas como santos de sacristías pobres.

Pies de leopardo en el cemento del recreo.

Huella que ablanda el mármol de un domingo lluvioso.

Con todo el futuro en tus dedos de uñas comidas.

Con el  olor a racimo de vientos, a raíces de agua de pozo, a sudor suave, a la madera de los colores del arco iris.

Te miro queriendo adivinar el porvenir de tus huesos.

Te beso en porfía absurda con futuras amantes.

Te quiero hasta el infinito y volver, me dices, y yo te creo irremediablemente.

 

Matanza del cerdo

Acuérdate del olor a monte en tu pelo y de las mujeres sin frío trajinando entre la sangre y el barro.

Y del fuego fiel, domado desde el origen de la inteligencia.

Acuérdate de los hombres que clavaron sus cuchillos en los gritos de la bestia cuando el sol empezaba su rutina de asesino de sombras.

Esos hombres de pieles inertes que sólo hablan de hazañas bravas porque les fueron vetadas las palabras de amor.

Acuérdate de los perros lampando alrededor de la carne. Perros tristes, siempre hambrientos, colmados de palos y de cuerdas.

Acuérdate de que los niños arañaban sus piernas jugando en los árboles y chorreaban naranjas por sus caras y sus dedos. Y reían sin saber que todavía eran felices.

Acuérdate de que lo has vivido y por eso todavía perdura el humo en tu ropa y la tierra en tus uñas y las voces que contaban leyendas cuando la primera luna llena de diciembre aparecía lenta, como sin querer que ese día se acabara.