Semana Santa

Mucho viento frío. Luna llena. Calles en tinieblas. Olor a cera. Cera en el suelo. Tambores. Alcauciles con chícharos. Lágrimas de cristal. Ben-Hur. Saeta en Santísimo. Golpe de la horquilla en el adoquinado. Cornetas. Arroz con leche y canela. Puñales en encajes. Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Ojos sin rostro. Túnicas. San Pedro Quiere Rosquetes. Vía Crucis por la calle Rosario. Vigilia. Zapatos negros. Torrijas. Los curas en el suelo. Más frío. Barrabás. La melena del Nazareno. Incienso. Viernes Dolores. Romero del Domingo de Ramos. Chaquetones. Acelgas con garbanzos. Hermosa nariz recta de madera. Procesiones por la tele. Las tres caídas. Mi madre guapa y elegante.

Tarde de riego

Losimages-15 pies hundidos en el barro que ha dejado en las acequias el agua de la alberca. Ese agua que había subido durante la noche desde la tierra y que, al caer la tarde, volvía a ella.

Salía de lo profundo y nos llenaba la piel con sus minerales y la bebíamos y estaba helada como la oscuridad.

Y cada tarde regresaba a la tierra tras pasearse por los naranjos y los tomates y se llevaba nuestras risas de ese día.

Y así un día y otro día…

Pasado el tiempo, recuerdo aquellas tardes de verano en el campo y me pregunto: ¿cuándo fue la última tarde de riego?, ¿nos echará de menos el agua?.

 

Ciudad hermana

La idea era que no se diferenciara la copia del original. Y así fue. En lo alto del cerro, Zhora se bajó del caballo y los hombres y mujeres que formaban parte de su comitiva se pusieron a sus órdenes. Recupera de su memoria calles y plazas y empieza a señalar con sus enjoyados dedos: aquí va la mezquita, bajando la ladera, los baños, tres arcos, una muralla, la medina entre esas dos lomas, y la casa de mis padres justo ahí.

Esa fue la única condición. No le pidió amor eterno, ni fidelidad, ni hijos, ni palacios. Solo quería que le construyera una ciudad idéntica a la que abandonó en Al-andalus.

EL ACANTILADO DE LOS CORSARIOS

Visitar La Breña y los acantilados de Barbate es contemplar un pulso entre el campo y el mar, la civilización y la Naturaleza, las dunas y los pinos, la historia y el presente. Una bella extensión de pinos piñoneros replantados a principios de siglo para frenar las dunas móviles que avanzaban por la ladera del monte. Inmutables torres vigías que permanecen ancladas sin tener ya piratas enemigos sobre los que alertar. Un lugar desde donde, quizás, un día hace más de 200 años, alguien se quedó mirando hacia el Oeste, hacia aquella batalla naval que libraban las flotas inglesas y franco-española frente al cabo llamado Trafalgar.descarga-7
Ningún parque encierra en tan relativo poco espacio –es el más pequeño de los 22 parques naturales que existen en Andalucía- tanta variedad, tantos contrastes de olores y colores. ¡Ese acantilado sobre el mar!. ¡Ese olor a romero y lavanda y a sal y algas!.
El Parque Natural de la Breña y Marismas del Barbate parece estar diseñado para quienes deseen iniciarse en el turismo ecológico, aunque no faltan dosis de cultura y hasta es posible darse un baño en las azules aguas del Atlántico. Entre los términos municipales de Vejer de la Frontera y Barbate, ocupa una extensión de 3.797 hectáreas, de las que 1.500 se adentran en el mar y constituyen una importante reserva marina. Su dimensión abarcable permite recorrerlo con facilidad en una sola jornada y se puede optar a adentrarse en su recorrido por diversos senderos marcados y señalizados para este fin.
La primera opción es el sendero del Acantilado de Barbate –el más largo de los que se proponen, unos seis kilómetros- que se inicia en la sorprendente y virgen Playa de la Yerbabuena y finaliza en Los Caños de Meca atravesando el parque por completo. Bordeando el litoral nos encontramos con el mirador del Acantilado. A nuestros pies, la pared rocosa forma una gigantesca pajarera que alberga a gaviotas, palomas bravías, garcillas y estorninos o aves de presa como el cernícalo y el halcón peregrino. Al Sur vemos la ensenada de Barbate hasta el cabo de Gracia y más lejos, las sierras de El Retín, Plata y San Bartolomé. En los días claros incluso es posible divisar desde aquí la costa africana desde Yebel Musa hasta Tánger. En el punto más alto del risco no tarda en aparecer ante los ojos del visitante la Torre del Tajo –antiguamente llamada de la Tembladera- construida en el siglo XVI. Se trata de una de las torres almenaras levantadas en el litoral para advertir sobre la presencia de piratas o corsarios en las proximidades de la costa. Los ataques turco-berberiscos, que, durante siglos, asolaron la zona obligó a la construcción de una red de torres que, más que de carácter defensivo, servían para comunicarse – a través de fuego, humo o disparos de artillería- a lo largo del litoral. El sendero continúa luego bajando gradualmente hasta alcanzar Los Caños en donde descansa el extremo occidental del acantilado y forma calas de innegable belleza.
Si el visitante desea hacer este camino de manera aún más fácil puede optar por dejar su coche en el área de aparcamientos que existe a unos tres kilómetros de Barbate y recorrer igualmente parte de los acantilados hasta llegar a la Torre del Tajo.
brenaEl segundo camino que se puede seguir es el llamado sendero de Torre de Meca. Esta torre -situada en el cerro que le da el nombre tanto a la fortaleza como al núcleo de Los Caños- fue construida ya en el siglo XIX con las mismas características que la anterior y para suplir la escasa visibilidad que había entre la torre del Tajo y la siguiente más cercana, la torre de Trafalgar, de la que sólo se conserva actualmente unos sillares junto al faro de este mismo nombre. Esta ruta comienza en el área recreativa de El Jarillo, situada en el margen derecho de la carretera que divide el parque desde Barbate hasta Los Caños. Por este lugar pasa un carril que nos lleva a San Ambrosio, en donde se conserva la única ermita visigoda de la provincia de Cádiz y casi la única de Andalucía. El Jarillo –en el que en época de colecta se observan impresionantes montañas de piñas recogidas para su posterior venta- está acondicionado como merendero y es perfecto para pasar un día de campo. Si no, se puede continuar camino hasta otro área recreativa, el de Majales del Sol, por el que también hay que pasar si se opta por seguir este sendero que nos conduce a la Torre de Meca. Antes de llegar a la torre, los pinos dejan paso a lo que fue un arboretum de hasta once especies diferentes de eucaliptos que fue plantado hace casi cuarenta años para experimentar con nuevas especies de repoblación forestal. Al igual que en los acantilados, también abundan una gran variedad de pájaros como abubillas, jilgueros, verdecillos, e incluso se pude oír el canto de algún cuco. Es por aquí en donde además se puede observar algunos ejemplares de camaleón, uno de los reptiles más amenazados y que está estrictamente protegido por la ley.
Por último, existe otro sendero más, el de las Marismas del Barbate, que comienza al otro lado del parque, en la carretera entre Barbate y Vejer, en las huertas de La Oliva y que recorre el margen derecho de esas marismas surgidas por la desembocadura del río Barbate. En este lugar es fácil observar las aves migratorias que llegan del resto de Europa o de Africa y que, desecada la laguna de La Janda, necesitaron otro lugar de descanso antes de atravesar el Estrecho.

Historia verídica: El fotógrafo

sin-titulo       El fotógrafo de mi pueblo no sabía leer. Era un gitano viejo y honrado que enseñó a los más listos de su numerosa prole a cargar el flash, enfocar y apretar el disparador en el momento más o menos preciso.

       Retrataba la felicidad de la gente. Él y toda su familia vivían de comuniones, cumpleaños, bodas y bautizos. Pero era, además, el “corresponsal gráfico” del periódico más importante de la provincia.

         Con la tiranía que emana la lejanía de un despacho en la capital, el fotógrafo, hombre discreto y poco dado a la protesta, sólo cobraba, y poco, si las fotos eran publicadas. Pero las fotos o llegaban tarde a la redacción, o no tenían calidad -a falta de laboratorio, sacaba el carrete con mucho cuidado debajo de la colcha de su cama de matrimonio para que no se velara el rollo- o se perdían en los autobuses que las llevaban a la ciudad.

    Un día, temprano, me lo encontré en la plaza del pueblo. Cuando se ponía nervioso se subía las gafas de pasta continuamente y sonreía enseñando su diente de oro a juego con el sello del dedo. Me pidió que reclamara por él el dinero que le debían porque hacía tres meses que no cobraba.   Me enseñó un papel arrugado, la hoja arrancada de una libreta escolar.

    Estaba llena de palitos pintados a lápiz. Cada palito era una foto publicada  y no pagada. “Mira -me dijo- lo tengo todo anotado. Y yo no miento”.