Soy una intensa I: “Deudas”

Se lo debía a la niña que fui. A la niña que fue feliz. A la que dormía en sábanas limpias los viernes por la noche con un camisón largo rosa con el que jugaba que era una princesa y su hermano la rescataba de un castillo-cama imaginario.

A la niña valiente que se subía a la rama más alta de los naranjos cuando iba con sus padres y hermanos al campo los domingos.

Se lo debía a la niña que soñaba que era una escritora famosa y concedía entrevistas para la tele, fumando un lápiz.

Se lo debía a la niña que adoraba a su padre y que le gustaba sentarse en sus piernas y apoyar la cabeza en su pecho y acariciarle el lóbulo de la oreja y escuchar su corazón latir y aspirar el olor a oficina de su corbata. Y mirarle las manos grandes y bonitas.

Se lo debía a la niña que escuchaba a su madre cuando le decía que estudiara, que trabajara para no tener que depender de un hombre, aunque ese hombre fuera bueno.

Se lo debía a la niña soñadora, valiente, alegre…

El camino ha sido largo y tortuoso, pero ya. Vuelvo a ser yo. Se lo debía a esa niña.

 

 

 

La mula de Malandar

Cada vez que se acerca esta época de rocieros, paso del Guadalquivir, blanca paloma, etc, me acuerdo de la historia que me contó el responsable de emergencias del Plan Romero en la provincia de Cádiz. Durante una época, tuve que ir varios años por motivos de trabajo a Bajo de Guía durante el martes y el miércoles que cruzan el río las hermandades de la provincia hasta el Coto de Doñana. Es una experiencia interesante a la que nunca hubiera ido de otra manera.

Es una historia que ya publiqué aquí pero que repito, con vuestro permiso.

Inútil para la romería, en la playa de Malandar abandonaron a una mula, agotada ya de kilómetros y carga. Demasiado cerca de la orilla, la marea, como una imparable manta, la fue cubriendo al caer la noche. Sólo unos enormes ojos asustados brillaban en la negrura de la costa de Doñana.
Una semana más tarde regresaron los rocieros del coto con los cuerpos castigados por las borracheras y las vigilias, con las botas sucias y las caras gastadas. El dueño de la mula se acercó al animal, tumbado todavía en la arena mojada. Empujó su lomo con el pié como para certificar su muerte después de días sin comer ni beber pero la mula abrió los ojos e intentó incorporarse. Un grupo de hombres la levantaron y se la llevaron de vuelta a casa. Como si nada hubiera pasado. Así me lo contaron.

 

Gaudeamus Igitur

Me estoy imaginando la cara de Olga al leer la noticia. Ella se habrá acordado de aquel día en el que, recién parida y con los pechos a reventar de leche, tuvo que ir a leer la “tesina”. Había dejado al bebé esperando con su padre en el pasillo y  escuchaba su llanto desde dentro. Se habrá acordado de los viajes del pueblo a la capital durante el curso de doctorado. De las horas y horas de investigación sacadas de una extenuante jornada de trabajo y criando a tres hijos. De los viajes para recabar información haciendo malabarismos con sus miles de responsabilidades. De las cientos de lecturas,  de los borradores de la redacción, de los sofocos, correcciones, nervios.. De que se aprendió de memoria el texto para una magnífica lectura de Tesis. Me puedo imaginar también la cara de Ramón. Años de experimentos en el laboratorio de Física para una Tesis doctoral de la que yo no soy capaz de entender ni el título.

Y estos días tarareo en mi mente el Gaudeamus Igitur. No se me va. Ese solemne himno universitario que me hacía saltar las lágrimas cuando se cantaba en mi Facultad.

¡Ay alma mater, no nos traiciones!

Héroe anónimo

Tengo edad suficiente para recordar perfectamente lo que ocurrió un día como hoy  aunque no entendiera lo que estaba pasado realmente.

Aquella tarde, una compañera de la clase de baile llegó contando que su madre estaba llorando escuchando la radio. Sólo mucho tiempo después lo relacioné con el hecho de que su padre era diputado en Madrid.

El escritor Javier Cercas dice en su libro “Anatomía de un instante” que durante esas horas “Nadie estuvo a la altura. Tampoco la sociedad civil”.

Pero yo sí conozco a quien estuvo a la altura. Mientras los diputados seguían retenidos en el Congreso esperando un desenlace, en esos momentos inciertos, lejos de Madrid, en Vejer de la Frontera, la corporación municipal se reunió en un Pleno Extraordinario para condenar el golpe de Estado.  Conservo el borrador del acta plenaria en el que la corporación, por unanimidad, acuerda, “expresar la más enérgica condena por el incalificable hecho de ocupación del Congreso de los Diputados haciendo constar la incondicional adhesión a su majestad el Rey, a las instituciones democráticas y a las fuerzas armadas de la nación. Asimismo, el pleno se solidariza con el alcalde de Vejer que, por su condición de diputado, se encontraba retenido en la Cámara Baja.

Conozco lo suficiente al alcalde accidental en funciones que convocó esa sesión plenaria. Sé, que por su naturaleza sencilla y discreta, no le gusta ser nombrado. Sólo quiero añadir que somos libres de elegir nuestro pequeño universo de héroes y en el mío está mi padre por lo que hizo esa noche.  Aunque no sean invitados a actos importantes, ellos también dieron la cara y apostaron por la Democracia en un pequeño pueblo de la provincia de Cádiz. Le echaron valor ante el miedo a perder lo que apenas se estaba empezando a conseguir.

 

Historia verídica: Orgullo y “perjuicio”

29671570A.E. nació en los felices años 20. Era como una muñequita de porcelana. Cuando iba a las fiestas del Casino de la Exposición apuntaba en un librito de seda los turnos de baile de sus muchos pretendientes. En uno de éstos, A.E. se enamoró de un mozo de su misma clase social pero “tieso” de dineros.

Su carita de nácar cambió el día en que su novio la abandonó días antes de su boda y días después de que toda Sevilla se enterara de que su padre se había arruinado por culpa de una inversión arriesgada.  El vestido de novia de seda con brocado quedó colgado en su lindo cuarto de soltera y el velo de chantilly que guardaba de su abuela no salió de su caja de cartón.

A.E. se buscó la vida como dependienta en una famosa joyería del centro en donde vendía sortijas y zarcillos a quienes antes habían sido sus amigas.

Muchas veces, de camino al pisito modesto en el que vivía con su madre, se cruzaba por la calle con aquel novio a la fuga que la abandonó y que tampoco nunca se casó. A.E., digna, sobria, elegante y orgullosa, se cambiaba de acera y jamás volvieron a intercambiar ni palabras ni miradas. Hasta que, ya muy mayor, su novio octogenario enfermó y A.E. le fue a visitar, cada día, hasta el día de su muerte.