Náufragos

A veces ocurre que te pones triste de repente, sin venir a cuento. Sucede cuando recuerdas que nada hay que retenga a quien quiere irse. Cuando repasas los baldíos esfuerzos perdidos ya en el tiempo, las ganas estrelladas contra la pared, las ilusiones desparramadas como falsas monedas en el mercado de las mentiras, la promesa de futuro que se esfuma como una pavesa frágil y voluble. A veces te preguntas por qué despreciaron tanta miel que brotaba de tus manos.

Y aquí nos encontramos ahora: dos náufragos que fueron expulsados del paraíso de atrezo, escenario impostado de una película romántica con final infeliz.

Aquí nos encontramos, en medio del Océano y decididos a agarrarnos el uno al otro y afrontar juntos el vientre de la ballena.

El vientre de la ballena está lleno de náufragos agarrados a una tabla.

¡Adiós pequeño, adiós!

Me han dicho que te escriba una carta de despedida para enfrentar el futuro duelo con la tarea hecha y me he parado a pensar que son tantos los recuerdos después de casi 30 años juntos que no sé ni por dónde empezar. Tantos buenos y malos momentos…Agenda-dejar-de-fumar-baja

Es curioso darse una cuenta que has sido mi compañero más fiel. Siempre conmigo. Empezamos a tontear a escondidas en esas primeras citas en el patio del instituto y después ya, siempre estabas. Estabas en las tardes de playa, en las fiestas universitarias, en  las noches de estudio, en el café en la redacción, en la cama y el sofá, esperando o celebrando noticias. Estás en mi foto de boda, en la puerta del hospital y en la feria.  Estabas si paseaba por el campo, en una buena comida, en los viajes, en casa asomada a la ventana, pasando frío o calor en la puerta de un bar. Yo, por ti, lo que fuera y tú lo sabías…

Te recuerdo con placer y con hartazgo al mismo tiempo. Me he levantado muchas mañanas odiándote, maldiciéndome y prometiendo que no volvería a hacerte caso mientras tú me mirabas con media sonrisa.

Seguro que te voy a echar de menos, que me costará acostumbrarme a no estar contigo (sobre todo cuando me pongan delante esa cerveza fresquita) pero ya. Ya te he dado demasiado y hoy te digo adiós. Hoy es mi último día de fumadora. Adiós tabaco, adiós.

Una pareja

Anoche, la ciudad estaba desierta.  Nadie, salvo una pareja de la mano, camina cerca del mar oscuro y solitario. El viento Sur (¿o era Norte?) le obliga a él a subirse el cuello de la chaqueta.

No les importa demasiado ni el frío, ni la hora, ni los bares cerrados, porque van, derechitos, al calor de una cama que compartir.

Soy una intensa III

Y llegados a este punto:

Aspiro a andar por la playa cualquier mes del año moviendo mi falda al vuelo, mojándome los pies en la orilla.

Aspiro a ignorar a la “mala gente que camina apestando la tierra”.

Aspiro a medrar en los negocios movedizos del amor incondicional.

Aspiro a dejarme convencer de que hay esperanza.

Ahora huyo de discutir con fantasmas inflados de nada, de las conversaciones vacías, de los ladrones de almas, de los vampiros insaciables de ilusiones.

Ya, a estas alturas de mi vida, solo me quedo con quien me quiera.

Y cuando pase mucho tiempo, quiero sentarme una tarde al sol suave del invierno del Sur y cerrar los ojos lentamente y así, sin más preámbulos ni aspavientos, irme tranquila

 

 

 

 

 

Soy una intensa II

Y llegados a este punto:

Me sobran las farsantes y los tramposos. Espero mucho de poca gente y nada de nada de mucha gente.

Ya no me sorprenden las deslealtades ni me entristecen los desapegos necesarios.

Me aburren la estupidez, el egoísmo y la frivolidad. Huyo de los sientacátedras, pedonavidas e iluminados.

Ya no me importa no caer bien a todo el mundo y eso me libera del afán de la complacencia esclavizante.

Ahora valoro mucho más menos cosas y menos más cosas.

Una, que se hace mayor…

 

 

Una ciudad

DSN6nxDWkAAwwJsUna ciudad no son calles con edificios. Cada ciudad es tu ciudad, diferente según de con quien la pasees.

Una ciudad no tiene la culpa de que te espere un fantasma sentado en ese banco de esa plaza. Siempre ahí, mirándote con una sonrisa congelada en tu memoria.

Una ciudad no siente tus pasos tristes, no te reconoce subiendo la cuesta, no demora un porvenir inesperado ni mitiga el peso de tu espalda. No prohíbe los pájaros ni las fuentes por respetar tu luto.

Por eso, de la misma manera, una ciudad, esta ciudad por ejemplo, no es responsable de tu felicidad.

Esta misma ciudad, que observó indolente tu sombra en las paredes, no puede, ahora, poner la mano para la propina.

Si caminas apenas rozando los adoquines, si te fijas en las fuentes, si respiras la “maresía” que se cuela por ciertas calles, si sonríes a su luz…

Si te ocurre esto es, estoy convencida, porque una ciudad se transforma dependiendo de con quien la pasees.

 

Soy una intensa I: “Deudas”

Se lo debía a la niña que fui. A la niña que fue feliz. A la que dormía en sábanas limpias los viernes por la noche con un camisón largo rosa con el que jugaba que era una princesa y su hermano la rescataba de un castillo-cama imaginario.

A la niña valiente que se subía a la rama más alta de los naranjos cuando iba con sus padres y hermanos al campo los domingos.

Se lo debía a la niña que soñaba que era una escritora famosa y concedía entrevistas para la tele, fumando un lápiz.

Se lo debía a la niña que adoraba a su padre y que le gustaba sentarse en sus piernas y apoyar la cabeza en su pecho y acariciarle el lóbulo de la oreja y escuchar su corazón latir y aspirar el olor a oficina de su corbata. Y mirarle las manos grandes y bonitas.

Se lo debía a la niña que escuchaba a su madre cuando le decía que estudiara, que trabajara para no tener que depender de un hombre, aunque ese hombre fuera bueno.

Se lo debía a la niña soñadora, valiente, alegre…

El camino ha sido largo y tortuoso, pero ya. Vuelvo a ser yo. Se lo debía a esa niña.