Soy una intensa II

Y llegados a este punto:

Me sobran las farsantes y los tramposos. Espero mucho de poca gente y nada de nada de mucha gente.

Ya no me sorprenden las deslealtades ni me entristecen los desapegos necesarios.

Me aburren la estupidez, el egoísmo y la frivolidad. Huyo de los sientacátedras, pedonavidas e iluminados.

Ya no me importa no caer bien a todo el mundo y eso me libera del afán de la complacencia esclavizante.

Ahora valoro mucho más menos cosas y menos más cosas.

Una, que se hace mayor…

 

 

Una ciudad

DSN6nxDWkAAwwJsUna ciudad no son calles con edificios. Cada ciudad es tu ciudad, diferente según de con quien la pasees.

Una ciudad no tiene la culpa de que te espere un fantasma sentado en ese banco de esa plaza. Siempre ahí, mirándote con una sonrisa congelada en tu memoria.

Una ciudad no siente tus pasos tristes, no te reconoce subiendo la cuesta, no demora un porvenir inesperado ni mitiga el peso de tu espalda. No prohíbe los pájaros ni las fuentes por respetar tu luto.

Por eso, de la misma manera, una ciudad, esta ciudad por ejemplo, no es responsable de tu felicidad.

Esta misma ciudad, que observó indolente tu sombra en las paredes, no puede, ahora, poner la mano para la propina.

Si caminas apenas rozando los adoquines, si te fijas en las fuentes, si respiras la “maresía” que se cuela por ciertas calles, si sonríes a su luz…

Si te ocurre esto es, estoy convencida, porque una ciudad se transforma dependiendo de con quien la pasees.

 

Soy una intensa I: “Deudas”

Se lo debía a la niña que fui. A la niña que fue feliz. A la que dormía en sábanas limpias los viernes por la noche con un camisón largo rosa con el que jugaba que era una princesa y su hermano la rescataba de un castillo-cama imaginario.

A la niña valiente que se subía a la rama más alta de los naranjos cuando iba con sus padres y hermanos al campo los domingos.

Se lo debía a la niña que soñaba que era una escritora famosa y concedía entrevistas para la tele, fumando un lápiz.

Se lo debía a la niña que adoraba a su padre y que le gustaba sentarse en sus piernas y apoyar la cabeza en su pecho y acariciarle el lóbulo de la oreja y escuchar su corazón latir y aspirar el olor a oficina de su corbata. Y mirarle las manos grandes y bonitas.

Se lo debía a la niña que escuchaba a su madre cuando le decía que estudiara, que trabajara para no tener que depender de un hombre, aunque ese hombre fuera bueno.

Se lo debía a la niña soñadora, valiente, alegre…

El camino ha sido largo y tortuoso, pero ya. Vuelvo a ser yo. Se lo debía a esa niña.

 

 

 

La mula de Malandar

Cada vez que se acerca esta época de rocieros, paso del Guadalquivir, blanca paloma, etc, me acuerdo de la historia que me contó el responsable de emergencias del Plan Romero en la provincia de Cádiz. Durante una época, tuve que ir varios años por motivos de trabajo a Bajo de Guía durante el martes y el miércoles que cruzan el río las hermandades de la provincia hasta el Coto de Doñana. Es una experiencia interesante a la que nunca hubiera ido de otra manera.

Es una historia que ya publiqué aquí pero que repito, con vuestro permiso.

Inútil para la romería, en la playa de Malandar abandonaron a una mula, agotada ya de kilómetros y carga. Demasiado cerca de la orilla, la marea, como una imparable manta, la fue cubriendo al caer la noche. Sólo unos enormes ojos asustados brillaban en la negrura de la costa de Doñana.
Una semana más tarde regresaron los rocieros del coto con los cuerpos castigados por las borracheras y las vigilias, con las botas sucias y las caras gastadas. El dueño de la mula se acercó al animal, tumbado todavía en la arena mojada. Empujó su lomo con el pié como para certificar su muerte después de días sin comer ni beber pero la mula abrió los ojos e intentó incorporarse. Un grupo de hombres la levantaron y se la llevaron de vuelta a casa. Como si nada hubiera pasado. Así me lo contaron.

 

Gaudeamus Igitur

Me estoy imaginando la cara de Olga al leer la noticia. Ella se habrá acordado de aquel día en el que, recién parida y con los pechos a reventar de leche, tuvo que ir a leer la “tesina”. Había dejado al bebé esperando con su padre en el pasillo y  escuchaba su llanto desde dentro. Se habrá acordado de los viajes del pueblo a la capital durante el curso de doctorado. De las horas y horas de investigación sacadas de una extenuante jornada de trabajo y criando a tres hijos. De los viajes para recabar información haciendo malabarismos con sus miles de responsabilidades. De las cientos de lecturas,  de los borradores de la redacción, de los sofocos, correcciones, nervios.. De que se aprendió de memoria el texto para una magnífica lectura de Tesis. Me puedo imaginar también la cara de Ramón. Años de experimentos en el laboratorio de Física para una Tesis doctoral de la que yo no soy capaz de entender ni el título.

Y estos días tarareo en mi mente el Gaudeamus Igitur. No se me va. Ese solemne himno universitario que me hacía saltar las lágrimas cuando se cantaba en mi Facultad.

¡Ay alma mater, no nos traiciones!