¡Qué arte el del atún!

Imagino que los fenicios debieron pensar que era un regalo de los dioses que animales de 200 ó 300 kilos, de suculenta carne y más o menos fáciles de capturar, pasaran por delante de su puerta dos veces al año. Un maná que llegaba del mar y había que hallar la manera de capturarlo.

Durante siglos, los almadraberos de la provincia de Cádiz han seguido utilizando casi las mismas técnicas artesanales, un entramado de laberínticas redes y barcazas que forman el llamado copo. Se trata de una trampa mortal para los atunes que, para evitar a las orcas, cruzan el estrecho pegados a la costa para criar en las aguas cálidas del Mediterráneo.

El documental Trabajando Cádiz, realizado por la Asociación de la Prensa de Cádiz dentro del ciclo Cádiz Reflejada, ofrece una imagen de la provincia de Cádiz  a veces oculta o, lo que es peor, «ocultada».  Una imagen fuera de estereotipos que muestra que somos una provincia de gente trabajadora, innovadora y rica en recursos. Y luego ya, está lo de bonita, turística, sol y playa, etc…

El sector del atún, la innovación aeronáutica y las industrias vinícolas y queseras, son reflejos de esa otra Cádiz que también existe y que se refleja más allá del peaje.

 

 

 

 

 

 

 

La Tierra, año 3050

El amor era como el mar: grande y bello. A veces mortal, deseado y peligroso.

El amor era un bebé recién amamantado.

El amor era esperar en un andén, de noche, o asomada a la ventana con el relente cayendo en el pelo.

El amor era sostener una mano, casi de un cadáver ya, y esperar juntos el final.

El amor era soltar las cuerdas aunque no quisieras.

El amor era adivinar por gestos, reír sin parar, llorar despacio, escupir el rencor, perdonar a un hijo, a un padre, a un amigo, a un hermano, a un desconocido…

El amor era oler las sábanas del amante todavía calientes. Aspirar la esencia de otro cuerpo.

El amor era, a veces, solo un falso reflejo de nuestro propio amor.

Era algo tan fácil y tan complicado…

 

 

La muchacha de la vía del tren (microcuento)

Sé que mis pies resbalan en la madera. Sé que me quité el vestido y las horquillas y las medias y los collares y los zapatos y el reloj. Sé que hace frío porque siempre hace frío cuando va a amanecer. Sé que ha llovido y que seguirá lloviendo. Y sé que viene el tren porque, por fin, lo oigo llegar a lo lejos.

Olores

Mi babi del colegio olía a plancha el lunes por la mañana. Con mi nombre bordado a mano sobre un pecho todavía plano, mi babi era el más limpio del mundo. Su olor le ganaba incluso a la goma de borrar y a las mondas multicolores de los lápices decapitados una y otra vez por culpa de un sacapuntas incompetente.

Mi babi era de cuadritos azules muy pequeños, abotonado por delante, con dos bolsillos y un cuello solapa. No era muy bonito, mi babi,  la verdad, pero su olor cálido era más potente que el del bocadillo en la maleta, la témpera de las clases de Dibujo y las flores del mes de mayo. Solo las páginas de los libros nuevos en septiembre competían con su aroma. El olor de mi babi superaba al óxido del tobogán, a la cera derretida de la capilla y al perfume empalagoso de la señorita.

Sobrevivía a la lavanda con la que me mojaba el pelo y era un salvavidas en un baño por el que pasaban 200 criaturas en media hora de recreo.

Mi babi conservaba el olor de cada puntada dada en la tela, el olor a labor de tardes de radio frente a la máquina de coser junto a la ventana. Olía a jabón, a merienda, a cerilla, a manos conocidas de alianza gastada.

Mi babi era feo pero me lo hizo mi madre y olía bien.

 

Náufraga (microcuento)

El día que su novio la sorprendió con el pasaje para el Costa Concordia a Adela se le había perdido un guante. Ella lo tomó como un mal augurio pero embarcó por no hacerle el feo y por no quedar como una cateta supersticiosa. Ahora se acordaba de ese día. Cuando tuvo que saltar al agua en medio de la oscuridad, el miedo le dio tal fuerza que nadó hasta el amanecer. Llegó a esta playa tan cansada que ahí sigue, tumbada en la arena. Ni siquiera ha vuelto a mover un músculo. Ni cuando la zodiac de Salvamento Marítimo pasó tan cerca que solo si hubiera levantado un brazo aunque fuese un poquito…

Pequeña autobiografía

Nací en la ciudad de casualidad porque la comadrona de mi pueblo que atendió en casa a los partos de mis hermanos ya se había jubilado. Jugué mucho en la enorme azotea y en la calle y en el campo y en la playa, siempre rodeada de gente buena. Cuando volví de la Universidad, fui periodista durante un tiempo. Ahora también lo soy aunque ya no lo tengo tan claro. Fui esposa y madre. Ahora soy madre. He conocido a gente buena y mala, como todo el mundo. He reído y llorado, como todo el mundo. Me he enamorado y desenamorado, como todo el mundo. Sigo adelante, como todo el mundo.

Línea 6

Diego de León

Bajar al hormiguero me pareció siempre ir en la cadena de una fábrica. Escaleras de metal no hay en mi pueblo.

Avenida de América

Todos se parecen, como gusanos en la arena. Comparten ese olor a goma y a humanidad.

República Argentina

Acogen miradas cansadas de madrugones tan fríos como monedas en el suelo o como el saludo de la taquillera.

Nuevos Ministerios

Cuerpos que se balancean bajo el neón de los carteles, cautivos en vagones que cierran puertas, arrancan, aceleran, giran, frenan, abren puertas, cierran puertas, arrancan.

Cuatro Caminos

Acentos extraños. Jotas desgarradoras y eses desconocidas aprendidas en hogares parecidos al mío, al fin y al cabo.

Guzmán el Bueno

Todavía aquel chaquetón de cuadros. Botas camperas. Carpeta bajo el brazo llena de apuntes que estudiar y olvidar.

Metropolitano

No hay niños. No hay bebés en carritos. Cabeceo apoyada la cabeza en el cristal de la ventana que solo da a oscuridad.»Próxima estación…».  Preciosa voz robótica de mujer desconocida y familiar.

Ciudad Universitaria

Subo al verde, al aire. Y todo el futuro está a mis pies.

 

Historia verídica: «Para toda la vida»

T.R. era el único de la aldea que, de verdad, quería a su mujer, a su compañera, a su amante, a su vida. Por eso, cuando ella murió y fue enterrada, T.R. se coló en el cementerio y robó su cadáver. En casa, la cubrió de arcilla y cuando se secó, la acostó en su cama. Allí lo encontró un vecino 20 años después el día en que echó en falta a T.R. y entró en su casa. Estaban uno al lado del otro, en la cama.