Lluvia

La lluvia de la tarde se lleva el polvo de las calles y de mis ventanas. El verano, agotado, cansino, acaba por fin con una tromba de agua contundente, agresiva, sin miramientos. El chaparrón moja mis ropas tendidas pero no me importa. Respiro aire limpio, por fin. Ya llega el otoño.

Historia verídica: «Para toda la vida»

T.R. era el único de la aldea que, de verdad, quería a su mujer, a su compañera, a su amante, a su vida. Por eso, cuando ella murió y fue enterrada, T.R. se coló en el cementerio y robó su cadáver. En casa, la cubrió de arcilla y cuando se secó, la acostó en su cama. Allí lo encontró un vecino 20 años después el día en que echó en falta a T.R. y entró en su casa. Estaban uno al lado del otro, en la cama.

LOS CAPRICHOS DE LA MEMORIA

virgenoliva3Una suave brisa mueve los visillos y se cuela por el balcón abierto de par en par a una ya lejana noche de agosto que guardo en la memoria.

El aire fresco invade el salón con una mezcla perfecta de olor a nardos y a horno de pan. Y trae, por la cuesta arriba, los compases de la guitarra de una canción de Carlos Santana que toca la orquesta en la Plaza de «Los Pescaítos» y que se une al cri cri de los grillos de la calle.

No sé por qué, éste es uno de los primeros recuerdos que tengo de la Velada de Agosto. Éste y el de unas “sabrinas” rosas que me compró mi madre para un vestido de flores que ella misma me hizo.

La memoria tiene estos caprichos y juega con imágenes que aguardan en los rincones más insospechados de nuestro cerebro. Recuerdos de quien fue una niña de pueblo que se encuentra con su infancia en cada agosto.

Por eso, porque si la niñez es nuestra patria, la mía, además, está preñada de vivencias indelebles enmarcadas en un pueblo bello que derrama su blancura por la montaña. Como una cumbre nevada en una estampa imposible tan cerca del mar.

Por eso y porque cada año busco el hueco en el que escondí los colores de aquellos veranos de días largos y claros en los que esperábamos la tarde para ir con nuestras sillitas a la novena.

Busco el sonido de las pulseras de las mujeres cuando se abanicaban en el calor de una iglesia abarrotada. Busco el olor de los cientos de velas que parpadean bajo el peso de tantos deseos pedidos, de tantas esperanzas encendidas bajo una imagen querida. Una imagen a la que le han rezado nuestros padres y los padres de nuestros padres y así durante generaciones de hombres y mujeres que buscaban consuelo o daban gracias a la Virgen que ha sido testigo de las risas y de los llantos de tantos vejeriegos. Que ha sido confidente de tantas historias como almas pasaron bajo su manto.

Y de la misma manera, busco los jazmines en el patio de la vecina y el sonido de las campanas repicando el día 10. Exactamente de la misma manera en que ya las oía mi madre de pequeña en la misma casa y por los mismos callejones.

Y busco a aquellas gentes que venían del campo al pueblo por unos días para las fiestas y que el día 15, con sus caras quemadas por el duro sol, lucían  sus mejores ropas y zapatos.

Y busco, el 24 de agosto, las caras de  las viejecitas que se acercaban a la iglesia antes de que la Virgen se fuera porque aún recuerdo aquel día en el que le pregunté a mi padre que por qué lloraban y me dijo que porque no sabían si estarían allí al año siguiente.

Y por eso busco estos días los resquicios que me unen a mi propio pasado forjado de gente honrada y buena. Y por eso ni más ni menos, quería contar esto ahora que se acercan estas noches de agosto en las que, de nuevo, la infancia llamará a mi puerta y yo la dejaré pasar para que se acomode y me vuelva a recordar lo feliz que fui siempre en Vejer.

Carta imaginaria de un emigrante

Queridos hermanos: Sé que me iré de este mundo sin volver a veros. A miles de kilómetros os imagino como siempre, como aquel día en que abandoné el pueblo. Aguantando las lágrimas que quieren correr por vuestros rostros morenos, quemados por un sol que no perdona en la campiña. Estrechándome las manos, rudas, curtidas por el agua y la tierra, encallecidas por el azadón y la guadaña. Me dais palmadas de despedida en la espalda y palpo la anchura de vuestros hombros. Hombros de campo, hombres de pueblo. Os recuerdo emocionados de esa manera tan honda y sincera de quienes han luchado. Fueron malos tiempos. Hace ya tanto años. La miseria tomó asiento en nuestras mesas y la huida, que no siempre es cobarde, se hizo necesaria. Os recuerdo, pues, como hombres humildes, trabajadores honrados que esperan la ocasión para reunir alegrías en torno a un baile en la plaza de Los Pescaítos. Compartiendo el vino que hace olvidar las penas pasadas y venideras. Os veo estrenando ropa nueva en el día de La Oliva. Paseando, orgullosos, felices, por la Corredera, piropeando a las mujeres que se hacen de rogar. He querido volver, y no he podido, después de recorrer los caminos del mundo, después de hablar las lenguas de los hombres y de cerrar etapas de mi vida. Así que, cuando la nostalgia se acomoda en mi mente, imagino que vuelvo. He deseado tantas veces jugar de nuevo en la calle Rosario, en La Costanilla, en la puerta de la iglesia… jugar de la manera en que juegan los niños. De verdad. Pensando y sintiendo que eso, y no otra cosa, era lo más importante del mundo. He deseado volver a pasear de madrugada por los Callejones de la Villa, por la calle de la Fuente, por el Muro, por la calle San Juan. De noche, calles solitarias pero en las que no siento miedo. Calles tan familiares que hasta se intuye las vidas que encierran los enormes muros de las estas antiguas casas. Me he imaginado entrando en un patio de vecinos al caer la tarde, en verano. Las macetas recién regadas con agua del pozo, el jazmín alfombrando el suelo de flores y llenando el aire de olores. Me he visto sentado y charlando junto a las mujeres que descansan de un día de no parar, de un día más… He recordado el primer beso robado en una esquina cualquiera. Las películas en blanco y negro y en technicolor que nos enseñaban otros mundos. Resuenan todavía en los oídos los consejos de mis mayores. Sabios por buenos y buenos por sabios. En el recuento final, tras el repaso de los logros conseguidos y de los sueños que creemos cumplidos, resulta que una de las cosas que llevo con más orgullo es el hecho de ser de pueblo. Ser de un pueblo es algo más que una ubicación geográfica o una casualidad. Ser de pueblo se convierte en un distintivo del que no gozan en las grandes urbes. Y, casi sin darnos cuenta, impregna la manera de ver la vida, de sentir la vida.

Una tregua a la realidad

VeranoCuando era niña pensaba que en verano nada malo podía ocurrir. Parecía que lo irreparable, lo irremediablemente catastrófico debía esperar a la llegada del invierno. Que las preocupaciones aguardarían a los tiempos grises porque, ahora, la luz llena demasiado las tardes y el aire se endulza con el jazmín y la dama de noche. Y, así, nada malo puede ocurrir. Perdura aún hoy esa sensación infantil de la tregua concedida a la rutina. Durante las vacaciones se recupera la conciencia de libertad perdida con los años.  Todo el mundo se toma un respiro. Nada  puede perturbar el derecho a la pereza o al disfrute, a la relajación. Sin embargo, la realidad sigue su curso más allá del chiringuito o del césped de la piscina y, a veces, nos despierta la conciencia dormida con inoportunos sobresaltos.

Haikus caleteros

IMG_4924[6987]Nunca volverá                     a iluminar mi cara             este rayo de sol

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Rocas de musgo                   rodean el agua quieta         baños de gaviota

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La marea borrará             las huellas que dejaron     cientos de pasos

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No hay quien mire                                                                                                                                 los últimos rayos de hoy                                                                                                                       solo las rocas

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Una letra escrita                                                                                                                                     en el musgo de la roca                                                                                                                           testamento efímero

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La barca vuelve                                                                                                                                       con el sol a sus espaldas                                                                                                                       y las redes vacías

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Huelen las rocas                                                                                                                                     en el agua nadan                                                                                                                                     algas de colores


La niña de los dientes de hierro

Darla

La niña encontró un escudo para protegerse de las bromas de sus compañeros de clase. Ella era simpática y buena y lista. Pero el aparato dental era más que todo eso. Era todo lo que veían en ella. Cuando se metían con sus dientes de hierro ella amenazaba con soltar al escorpión que tenía encerrado en una caja de zapatos. Al incrédulo se lo enseñaba con cuidado de que no escapara aunque nunca llegaban a verlo en realidad y al osado le movía la caja con fuerza delante su cara hasta que echaba a correr. Se convirtió en la reina del colegio. Los niños hacían cola en la puerta de su casa para ver al escorpión asesino. Nadie lo vio pero ya no se burlaban de ella.

Creció fuerte y nadie se acordaba si quiera del escorpión que escondía en una caja de zapatos debajo de su cama. Eso ya no importaba.

A veces necesitamos tener un escorpión escondido un una caja. Sea de verdad o de mentira.

 

Borges y su odio al fútbol

El argentino borges2universal, Jorge Luis Borges tuvo los santos arrestos de dar una conferencia en Buenos Aires sobre el apasionante tema de la inmortalidad el mismo día y a la misma hora que la selección argentina de fútbol debutaba en el Mundial del 78. Eso es valor.

Uno de los escritores más importantes del siglo XX odiaba el fútbol. Para él era “feo estéticamente”. Decía “once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. Los futbolistas eran para él meros piratas de la vida y el fútbol era «popular porque la estupidez también es popular».

Corre por ahí la leyenda urbana de que esta tirria se debía a que una mala caída jugando al fútbol con unos amigos había sido el origen de su ceguera. Será invención de futboleros que no pueden entender esta manía porque, en realidad, fue la misma ceguera hereditaria y progresiva que ya tuvo su padre. El caso es que el eterno candidato al Premio Nobel, arremetía cada vez que salía el tema. “Qué raro –decía- que siendo Inglaterra un país tan odiado nadie le haya echado en cara haber llenado el mundo de juegos estúpidos, como el fútbol, que es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

Para este escritor de cuentos magistrales, “el fútbol despierta las peores pasiones, sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante…”

 

El despertar de la señorita Prim

A las siete en punto suena la sirena de Astilleros. La oye desde su habitación. Tres minutos después lo hace la alarma del móvil que deja cada noche en la mesilla. La sirena que azuza a los trabajadores es como la llamada del muecín a su conciencia de clase. Ellos ya están dentro. Se levantaron antes que ella, tomaron un café rápido antes que ella, cogieron sus coches y aparcaron antes que ella. Se los imagina ahora como entrando en una fábrica. Como en la escena de los Lumiere pero al revés. Se regodea en su breve privilegio durante esos tres benditos minutos y se levanta poco a poco de la cama. No sabe por qué pero siempre se acuerda en este momento del título de una novela: «El despertar de la señorita Prim»,  sin tener nada que ver esa historia ni con ella ni con su vida.

Hoy es de esas mañanas en las que tras ponerse la zapatilla del pie derecho–siempre el primero no sabe por qué prioridad del subconsciente- tiene ya que descansar un poco antes de ponerse la del pie izquierdo. Hoy es de esas mañanas en las que ni mira si llueve o no.

Mientras espera que hierva el café, recuerda esos otros despertares. Su madre se acercaba a su litera y le tocaba suavemente los pies por encima de las mantas. Así iba, todas las mañanas, despertando uno a uno a todos sus hijos. Como tocando las teclas de un piano imposible. Como la mano de Dios. Sólo un toque y todos resucitaban.

Al tiempo que toma el café, pone una lavadora, completa la lista de la compra, deja preparado el desayuno, mete el bocadillo en la mochila, pega en el espejo una nota con indicaciones de intendencia, anota el teléfono del oftalmólogo para pedir cita, recoge el portátil, ordena los cojines del sofá y se pone los tacones.

Antes de irse entra en la habitación a contemplar el sueño de un niño. Siempre lo mira un rato. ¿Qué imágenes pasarán por su cabeza?. Duerme alejado todo lo que puede de la pared porque por ahí, dice él, entran las pesadillas. No le toca los pies. Le deja dormir con envidia.

Es como un parto, piensa. Abandonar una cama confortable y tener que salir a la calle es como ser expulsado del útero materno y que unas manos extrañas te den unas palmaditas que te obligan a respirar a la fuerza. Por la acera se ven a padres y madres conciliando la vida familiar y laboral. Pasan rápidos, empujando sillitas con bebés adormilados, todavía en pijamas, que deberían estar en sus cunas. Ellos, padres e hijos, también han sido expulsados de otros vientres. El autobús va lleno. Como siempre. Da un breve frenazo y al intentar agarrarse a la barra roza la mano de una mujer. La  señora la retira rápidamente. Lógico. Ella también querría, seguramente, no tener que estar ahí ahora. Querría continuar en el vientre. Calentita.