Borges y su odio al fútbol

El argentino borges2universal, Jorge Luis Borges tuvo los santos arrestos de dar una conferencia en Buenos Aires sobre el apasionante tema de la inmortalidad el mismo día y a la misma hora que la selección argentina de fútbol debutaba en el Mundial del 78. Eso es valor.

Uno de los escritores más importantes del siglo XX odiaba el fútbol. Para él era “feo estéticamente”. Decía “once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. Los futbolistas eran para él meros piratas de la vida y el fútbol era “popular porque la estupidez también es popular”.

Corre por ahí la leyenda urbana de que esta tirria se debía a que una mala caída jugando al fútbol con unos amigos había sido el origen de su ceguera. Será invención de futboleros que no pueden entender esta manía porque, en realidad, fue la misma ceguera hereditaria y progresiva que ya tuvo su padre. El caso es que el eterno candidato al Premio Nobel, arremetía cada vez que salía el tema. “Qué raro –decía- que siendo Inglaterra un país tan odiado nadie le haya echado en cara haber llenado el mundo de juegos estúpidos, como el fútbol, que es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

Para este escritor de cuentos magistrales, “el fútbol despierta las peores pasiones, sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante…”

 

El despertar de la señorita Prim

A las siete en punto suena la sirena de Astilleros. La oye desde su habitación. Tres minutos después lo hace la alarma del móvil que deja cada noche en la mesilla. La sirena que azuza a los trabajadores es como la llamada del muecín a su conciencia de clase. Ellos ya están dentro. Se levantaron antes que ella, tomaron un café rápido antes que ella, cogieron sus coches y aparcaron antes que ella. Se los imagina ahora como entrando en una fábrica. Como en la escena de los Lumiere pero al revés. Se regodea en su breve privilegio durante esos tres benditos minutos y se levanta poco a poco de la cama. No sabe por qué pero siempre se acuerda en este momento del título de una novela: “El despertar de la señorita Prim”,  sin tener nada que ver esa historia ni con ella ni con su vida.

Hoy es de esas mañanas en las que tras ponerse la zapatilla del pie derecho–siempre el primero no sabe por qué prioridad del subconsciente- tiene ya que descansar un poco antes de ponerse la del pie izquierdo. Hoy es de esas mañanas en las que ni mira si llueve o no.

Mientras espera que hierva el café, recuerda esos otros despertares. Su madre se acercaba a su litera y le tocaba suavemente los pies por encima de las mantas. Así iba, todas las mañanas, despertando uno a uno a todos sus hijos. Como tocando las teclas de un piano imposible. Como la mano de Dios. Sólo un toque y todos resucitaban.

Al tiempo que toma el café, pone una lavadora, completa la lista de la compra, deja preparado el desayuno, mete el bocadillo en la mochila, pega en el espejo una nota con indicaciones de intendencia, anota el teléfono del oftalmólogo para pedir cita, recoge el portátil, ordena los cojines del sofá y se pone los tacones.

Antes de irse entra en la habitación a contemplar el sueño de un niño. Siempre lo mira un rato. ¿Qué imágenes pasarán por su cabeza?. Duerme alejado todo lo que puede de la pared porque por ahí, dice él, entran las pesadillas. No le toca los pies. Le deja dormir con envidia.

Es como un parto, piensa. Abandonar una cama confortable y tener que salir a la calle es como ser expulsado del útero materno y que unas manos extrañas te den unas palmaditas que te obligan a respirar a la fuerza. Por la acera se ven a padres y madres conciliando la vida familiar y laboral. Pasan rápidos, empujando sillitas con bebés adormilados, todavía en pijamas, que deberían estar en sus cunas. Ellos, padres e hijos, también han sido expulsados de otros vientres. El autobús va lleno. Como siempre. Da un breve frenazo y al intentar agarrarse a la barra roza la mano de una mujer. La  señora la retira rápidamente. Lógico. Ella también querría, seguramente, no tener que estar ahí ahora. Querría continuar en el vientre. Calentita.

 

Encadenados

1. -El ascensor guarda sus momentos de mayor intimidad. Cada vez que entra se mira en el espejo ahumado y busca algún gesto que le recuerde su inocencia, que le rescate de la náusea. Hoy sale del edificio arrastrando los pies y el alma, con el maletín como anclado al suelo. La reunión ha sido dura pero sabe que contarán con él para el cargo. Tantas estrategias fraguadas traición a traición. Tantas sonrisas a la persona adecuada y tanto codazo a tiempo. Se merece el puesto más que nadie. Se dejó la vida pero por fin tendrá chófer, secretaria y 6.000 euros al mes. Sin contar las dietas.

Sale de la sede del partido y entra en el estanco de la plaza a comprar un paquete de Camel.

2.- La estanquera está deseando que den las nueve para irse a casa. Es la urgencia de la recién casada. Mira el reloj cada diez minutos y, como cada día, y cada minuto que permanece tras el mostrador, suena la música clásica que sintoniza en Radio Nacional. Su marido la suele recoger cuando cierra. La espera en la puerta y después la pasea por la ciudad al caer la tarde y la muestra como un trofeo de ébano. Deja que le adelante unos pasos solo para verla caminar, ondulante. Ese ris-ras de las medias de nylon rozando el forro de su falda de tubo. Y a cada golpe de tacón tiembla el suelo. Y los niños de la plaza la miran, y sus papás también.

Hoy va sola y camino del autobús entra un momento en la iglesia de San Francisco. Lo hace más por recordar su propio pasado que por amor a Dios. El olor a humedad, a humo de velas y a flores marchitas de las iglesias le llevan a la capilla de la misión que las monjas tienen en Malabo. En el orfanato pasó los primeros años de su vida. Ya por entonces la mayoría de las hermanas eran nativas que apenas conservaban algunas palabras del castellano. Pero a las niñas siempre les ponían nombres en español: Reina, Dulce, Bonita. Ella era Linda. Siempre le gustó más ese nombre que el que le pusieron en España.

3.-El sacristán termina de apagar las velas y le hace gestos desde lejos al cura oculto en el confesionario. La hermosa mulata que rezaba como distraída en la tercera banca ya se ha ido y hay que cerrar la puerta. El sacerdote le mira pero permanece pensativo en su guarida. Ya está mayor y cansado. Allí ha estado toda la tarde, como en su guarida esperando a una presa con la conciencia inquieta. Disimula con el misal en la mano pero rastrea con el rabillo del ojo. Esta tarde, no sabe por qué, le ha venido a la cabeza su abuela. Si le viera…. ¡Ay, las beatonas -decía- qué temprano se levantan y que les cuesta dejar una iglesia por la tarde!. Su abuela trabajaba a principios de siglo en la fábrica de tabacos. Atea, fumadora y de la CNT. Se santigua mascullando una absolución que salvara a su abuela del fuego eterno al tiempo que recuerda la última confesión de la tarde: el médico.

4.-El oncólogo  cuelga el móvil al tiempo que abre la puerta de casa. Su mujer está sentada frente al televisor, como siempre. “Tan guapa y tan indolente”, pensó.
-¿A qué no sabes con quien acabo de hablar?.
-No.
-Con Miguel. Está contento. Por fin hoy le han confirmado para el cargo. Pobre. Le he citado a la consulta mañana. Hoy me han dado sus resultados. Le quedan unos tres meses. No tiene ni idea. Es una lástima, una lástima.

Ella no deja de mirar el televisor. El no deja de pensar en la hermosa mulata con la que se acaba de cruzar camino a casa.

Deseos

 Pedimos deseos a las estrellas fugaces, a las hadas, a la luna, a las velas de cumpleaños, al tirar monedas a los estanques, a una pestaña caída o a un trébol de cuatro hojas. Fantaseamos con la lámpara maravillosa y pedimos plegarias a los Santos.

En definitiva, aceptamos cualquier ayuda, cualquier excusa, que nos permita aliviar nuestras incertidumbres. Un empujoncito que sirva para alejar a la mala suerte y tirar para adelante como mejor se pueda.

En el ritual que repetimos cada año no nos da tiempo de pensar en un deseo para cada una de las doce uvas. En un deseo por cada mes del calendario que estamos estrenando.

Un almanaque sin tachaduras es nuestro futuro oculto y misterioso. Pero está en blanco todavía. Por eso ahora, sin el atropello de las doce campanadas, propongo doce deseos para este año que va a empezar.

Pido: Sabiduría para quienes deciden, tenacidad para el listo, alegría para los niños, educación para el bruto, suerte para el emprendedor, tolerancia para el intransigente, fracaso para el envidioso, éxito para el bondadoso, paz, salud, trabajo y amor. uvas

Me gusta la Navidad

images-7Así ha sido siempre. Me gusta incluso el preámbulo que la anuncia. Las señales por las que la vamos intuyendo semanas antes. Me gustan las luces y los anuncios de juguetes. Me gustan los villancicos por las calles y hasta el ruido de las panderetas. Me gustan los polvorones y el turrón. Me gusta el itinerario ritual de los belenes y las cintas de colores de los árboles. Me gusta recibir postales navideñas de misterios barrocos con vírgenes hermosísimas y bebés rollizos. Hasta la nieve de las postales. Me gusta el soniquete de la lotería de Navidad. El trasiego de compras apresuradas la víspera del día de reyes. Me gustan las comidas navideñas: Las de amigos, las de compañeros de trabajo, las familiares. Que la gente se desee felices pascuas y feliz año nuevo. En fin, qué le vamos a hacer. Ahora que parece que ya no se lleva decirlo,tengo claro que me gusta la Navidad. Lo reconozco.

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Los visitantes

A la vuelta del pueblo, todavía traen en sus miradas los reflejos de las guirnaldas de colores. Luces intermitentes que encuadran la felicidad del olor a chocolate y a bizcocho amasado por manos blancas que nunca han tocado las piedras ni las espinas.

Una felicidad que se oye desde afuera porque la melodía sale, rompiendo bisagras y candados, del arcón de sus antepasados y arrastra luego por el aire el orgullo del virtuoso.

Desde la calle, los ojos grandes de los visitantes, hijos desterrados de desiertos sin azahares, traspasan cristales empañados con la rabia tibia de los alacranes domesticados. Vaho de chimenea aterida bajo la farola de caridad dudosa y de cierta luz pintada al óleo.

Con la noche ya encima, la nieve les recuerda lo lejos que están de sus infancias y lo lejos que están, también ahora, de estos salones de luces amarillas y bebés perfumados. De un cielo que ni habían imaginado si quiera.

“Es un cuadro tan real”, dirán cuando observen desde la distancia del mando las huesudas manos que llaman a las puertas color lavanda y olor a madera que cerraron con llave de hielo para que no escapara la felicidad  ni entrara el frío, el ladrón o el drama.

Por eso, los visitantes, huéspedes imposibles que no fueron invitados, cruzan de nuevo el puente del olvido en fila negra, camino del bosque. Andan como hormigas tristes y obedientes tras el guardián del orden del pueblo cuyas luces todavía se ven a sus espaldas.

 

 

Galletas

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¿Sabes qué pasa?. Que yo no quería galletas. Me convencen para comerlas. Empiezan a gustarme. Pero no llego al mueble. Me ayudan a cogerlas. Luego aprendo a alcanzarlas poniendo un taburete. Pero cuando por fin las consigo, el bote está vacío.

No sé si se acabaron sin más o se las han dado a otra persona. Lloro. Me calmo. Vuelvo a llorar cuando me acuerdo. Me calmo de nuevo. Me distraigo. Como otra cosa. Me gusta. Me río.

Pero cuando ya no me acuerdo de las galletas, alguien viene con un hermoso paquete repleto de ellas. Y me las vuelve a dar. Y yo las cojo.

 

 

 

 

 

En cualquier sitio ahora mismo

Son los primeros en llegar a las oficinas todavía a oscuras a esa temprana hora de la mañana. Aunque en absoluto silencio, el eco de los teléfonos, el teclear de ordenadores y las conversaciones de los trabajadores permanecen de alguna manera en el aire. Al director general de nuevos proyectos no le termina de gustar el edificio inteligente al que  la multinacional, la más potente de Andalucía, les ha trasladado recientemente, a las afueras de la ciudad. Todos las paredes y puertas son de un moderno material transparente y esas moderneces están bien para controlar el trabajo de sus empleados, pero no le hace ninguna gracia  que ellos también puedan hacerlo a la inversa. Sin contar con el enorme gasto en aire acondicionado para amortiguar el calorazo que sacude la fachada.

El jefe de personal le pregunta por su familia y, acto seguido, por los avances en la nueva plataforma solar en la que trabaja su departamento. “Una de las más grandes de Europa ¿no?”, le pregunta con cierto tono cobista. El director general contesta dos escuetos, bien, bien, y va al grano, no hay tiempo que perder. A las ocho empezarán a llegar los trabajadores y ocuparán, como remeros en galeras, cada uno su asiento. Ellos mismos se cierran los grilletes. Esa imagen le hizo un poco de gracia, incluso, al señor director general.

“Según su opinión, le pregunta acto seguido, ¿de quiénes podemos prescindir?”. El jefe de personal saca una lista de su maletín de cuero y disecciona uno a uno los nombres anotados. Como una aséptica autopsia curricular y personal de esas personas sin cara. Debaten un rato y, finalmente, anotan un par de nombres. “Hoy mismo tienes que hablar con ellos, ¿de acuerdo?. Suelta con aire despreocupado antes de salir por la puerta.

Cuento gotas

A tientas entro en esta aventura solitaria pero compartida. A tientas voy chocando contra la tecnología. A tientas tanteo los bolsillos, el alma y la memoria buscando algún papel olvidado, alguna historia interesante o algún recuerdo que plasmar en este espacio. A lo mejor alguien lo lee. Pero si no es así también me vale porque no me olvido de que esto es una gota en el océano. Cuento gotas.