Carta imaginaria de un emigrante

Queridos hermanos: Sé que me iré de este mundo sin volver a veros. A miles de kilómetros os imagino como siempre, como aquel día en que abandoné el pueblo. Aguantando las lágrimas que quieren correr por vuestros rostros morenos, quemados por un sol que no perdona en la campiña. Estrechándome las manos, rudas, curtidas por el agua y la tierra, encallecidas por el azadón y la guadaña. Me dais palmadas de despedida en la espalda y palpo la anchura de vuestros hombros. Hombros de campo, hombres de pueblo. Os recuerdo emocionados de esa manera tan honda y sincera de quienes han luchado. Fueron malos tiempos. Hace ya tanto años. La miseria tomó asiento en nuestras mesas y la huida, que no siempre es cobarde, se hizo necesaria. Os recuerdo, pues, como hombres humildes, trabajadores honrados que esperan la ocasión para reunir alegrías en torno a un baile en la plaza de Los Pescaítos. Compartiendo el vino que hace olvidar las penas pasadas y venideras. Os veo estrenando ropa nueva en el día de La Oliva. Paseando, orgullosos, felices, por la Corredera, piropeando a las mujeres que se hacen de rogar. He querido volver, y no he podido, después de recorrer los caminos del mundo, después de hablar las lenguas de los hombres y de cerrar etapas de mi vida. Así que, cuando la nostalgia se acomoda en mi mente, imagino que vuelvo. He deseado tantas veces jugar de nuevo en la calle Rosario, en La Costanilla, en la puerta de la iglesia… jugar de la manera en que juegan los niños. De verdad. Pensando y sintiendo que eso, y no otra cosa, era lo más importante del mundo. He deseado volver a pasear de madrugada por los Callejones de la Villa, por la calle de la Fuente, por el Muro, por la calle San Juan. De noche, calles solitarias pero en las que no siento miedo. Calles tan familiares que hasta se intuye las vidas que encierran los enormes muros de las estas antiguas casas. Me he imaginado entrando en un patio de vecinos al caer la tarde, en verano. Las macetas recién regadas con agua del pozo, el jazmín alfombrando el suelo de flores y llenando el aire de olores. Me he visto sentado y charlando junto a las mujeres que descansan de un día de no parar, de un día más… He recordado el primer beso robado en una esquina cualquiera. Las películas en blanco y negro y en technicolor que nos enseñaban otros mundos. Resuenan todavía en los oídos los consejos de mis mayores. Sabios por buenos y buenos por sabios. En el recuento final, tras el repaso de los logros conseguidos y de los sueños que creemos cumplidos, resulta que una de las cosas que llevo con más orgullo es el hecho de ser de pueblo. Ser de un pueblo es algo más que una ubicación geográfica o una casualidad. Ser de pueblo se convierte en un distintivo del que no gozan en las grandes urbes. Y, casi sin darnos cuenta, impregna la manera de ver la vida, de sentir la vida.

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