Llevo media hora andando con la sensación de ir robándole a la gente. Robando sus gestos, sus andares y sus supuestas historias. O mejor, yo las invento pero ellos me prestan sus caras.
Dejo atrás el Parador y el Parque Genovés y el mar para ir a otro Cádiz. En la calle San Rafael me quedo de piedra. Iba pensando ¿y si me encontrara con fulanito?. Y allí estaba. Fulanito es de las personas que más hablan del mundo. Su incontinencia verbal es asombrosa. Afortunadamente tiene prisa así que me libera y sigo andando.
Una ventana con gatos y perros de escayola, un supermercado, tabernas sin mujeres… Ya por Sagasta sigo a unas muchachas que vienen de la playa. Siempre me han llamado la atención estas mujeres de Cádiz. Lord Byron, gran mujeriego, pasó por aquí y dejó escrito que eran de las más hermosas que había visto. Yo no sé si son guapas aunque lo que me gusta de ellas es que andan como si lo fueran. Enseñan sus carnes tostadas sin complejos mientras una pareja de guiris despistados se quedan mirándolas.
Hoy han llegado cientos de cruceristas al muelle y se desperdigan por la ciudad como hormiguitas. ¿Cómo habrán llegado estos dos aquí?. El lleva una bolsa del Supercerka con una botella de aceite de oliva dentro. Decido torcer por Hospital de Mujeres y entro en un bar a tomar un café. El camarero o el dueño, no sé, debería estar jubilado. Tiene el pelo blanco, abundante, y unas gafas le cuelgan con un cordón negro. Cuando entro le está gritando a otro que se acaba de asomar a la puerta y que lleva una gorra que hace tiempo que no entra la lavadora:
-«El Bartolo sigue viviendo ahí, ¿no?» , le grita el del bar.
-«No sé, ¿por qué?», le contesta el de la gorra.
-«Para que le des un toque, hombre, a ver si lo ha dejado todo limpio».
Solo hay un cliente en el bar, en pie en la barra. Lleva chaqueta verde de lana fina y una corbata burdeos. Toma un carajillo y no pronuncia una palabra. Al rato, el de la gorra entra en el bar.
-«He llamado a todos los telefonillos y solo ha contestado el maricón ese que estaba ingresado en residencia».
-» Bueno, vale,», dice el del bar.
Miro de reojo el reloj. Son las seis y media de la tarde. Me voy.

. La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Platko fue acometido tan furiosamente por los del Real que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. Cuando el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar».
Inútil para la romería, en la playa de Malandar abandonaron a una mula, agotada ya de kilómetros y carga. Demasiado cerca de la orilla, la marea, como una imparable manta, la fue cubriendo al caer la noche. Sólo unos enormes ojos asustados brillaban en la negrura de la costa de Doñana.
El fotógrafo de mi pueblo no sabía leer. Era un gitano viejo y honrado que enseñó a los más listos de su numerosa prole a cargar el flash, enfocar y apretar el disparador en el momento más o menos preciso.