Historia verídica: El fotógrafo

sin-titulo       El fotógrafo de mi pueblo no sabía leer. Era un gitano viejo y honrado que enseñó a los más listos de su numerosa prole a cargar el flash, enfocar y apretar el disparador en el momento más o menos preciso.

       Retrataba la felicidad de la gente. Él y toda su familia vivían de comuniones, cumpleaños, bodas y bautizos. Pero era, además, el “corresponsal gráfico” del periódico más importante de la provincia.

         Con la tiranía que emana la lejanía de un despacho en la capital, el fotógrafo, hombre discreto y poco dado a la protesta, sólo cobraba, y poco, si las fotos eran publicadas. Pero las fotos o llegaban tarde a la redacción, o no tenían calidad -a falta de laboratorio, sacaba el carrete con mucho cuidado debajo de la colcha de su cama de matrimonio para que no se velara el rollo- o se perdían en los autobuses que las llevaban a la ciudad.

    Un día, temprano, me lo encontré en la plaza del pueblo. Cuando se ponía nervioso se subía las gafas de pasta continuamente y sonreía enseñando su diente de oro a juego con el sello del dedo. Me pidió que reclamara por él el dinero que le debían porque hacía tres meses que no cobraba.   Me enseñó un papel arrugado, la hoja arrancada de una libreta escolar.

    Estaba llena de palitos pintados a lápiz. Cada palito era una foto publicada  y no pagada. “Mira -me dijo- lo tengo todo anotado. Y yo no miento”.