Borges y su odio al fútbol

El argentino borges2universal, Jorge Luis Borges tuvo los santos arrestos de dar una conferencia en Buenos Aires sobre el apasionante tema de la inmortalidad el mismo día y a la misma hora que la selección argentina de fútbol debutaba en el Mundial del 78. Eso es valor.

Uno de los escritores más importantes del siglo XX odiaba el fútbol. Para él era “feo estéticamente”. Decía “once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. Los futbolistas eran para él meros piratas de la vida y el fútbol era «popular porque la estupidez también es popular».

Corre por ahí la leyenda urbana de que esta tirria se debía a que una mala caída jugando al fútbol con unos amigos había sido el origen de su ceguera. Será invención de futboleros que no pueden entender esta manía porque, en realidad, fue la misma ceguera hereditaria y progresiva que ya tuvo su padre. El caso es que el eterno candidato al Premio Nobel, arremetía cada vez que salía el tema. “Qué raro –decía- que siendo Inglaterra un país tan odiado nadie le haya echado en cara haber llenado el mundo de juegos estúpidos, como el fútbol, que es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

Para este escritor de cuentos magistrales, “el fútbol despierta las peores pasiones, sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante…”

 

Microcuento: Un desafortunado error

Siempre pensé en la política como en un pasatiempo que me librara de las tediosas tardes de labores y charlas de patio. Por eso, esta mañana, cuando me arrastraban escaleras abajo y me gritaron que me despidiera de mis parientes, lo único que pensé es que ha tenido que haber un desafortunado error.

Vázquez Montalbán buscando a Dios

images-18Manuel Vázquez Montalbán se definió a sí mismo como «periodista, novelista, poeta, ensayista, antólogo, prologuista, humorista, crítico, gastrónomo y culé”. Criado en El Raval, en una familia republicana que conocía la cárcel, escribió sobre el Barça desde una óptica social por primera vez desde la Guerra Civil. Hijo de gallego y murciana, defendía al Fútbol Club Barcelona como símbolo de la pertenencia a unos colores por parte de los inmigrantes desconcertados en la extraña gran ciudad. Válvula de escape del charnego. Más que un club.

Comparte con Joan Manuel Serrat el mito de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. “Ahí están –decía- esos cinco cromos junto a las fotos de mis seres queridos y a los vacíos de los animales que se me han muerto”. Escribió un centenar de artículos de fútbol y a su personaje más famoso, el detective privado Pepe Carvalho, se lo llevaba al estadio alguna vez. Habló de la Liga de las Estrellas estrelladas que vino con la liberación del mercado, de la Liga de la Extranjería, porque hay pueblos que nacen para crear futbolistas y otros para comprarlos, y de la Liga de los Traficantes. Pertenecía a la era de las drogas y el alcohol, pero pensaba que “así como el alcohol sigue siendo lo que era, el fútbol es cada vez más una droga de diseño”. Hace ya años que escribía: “los clubes se remodelan según los cánones de poderosos centros financieros y mediáticos. Ni siquiera Ronaldo es un jugador de fútbol, es un diseño de la FIFA y de las multinacionales de prendas deportivas. Cuando se ficha a un entrenador diseñador, su talento no consiste en sacar partido a los jugadores de la plantilla, sino a construir plantillas a la medida de su ejemplo. Si a los feligreses no les gusta el diseño, nuevos gladiadores se pondrán nuestros colores. El día que una marca se anuncie en la bragueta de los calzones, los jugadores no se protegerán las partes con las manos en un tiro directo».

Su libro póstumo es “Una religión en busca de un Dios”. Los estadios son catedrales, los aficionados adoran los colores de su equipo y los futbolistas son dioses. El «más bello deporte del mundo» es la religión del siglo XXI, diseñada por la FIFA y por las multinacionales. Por todo ello, Vázquez Montalbán defendía que el público no tiene alternativa, porque «los partidos políticos están obsoletos y las religiones no se han puesto al día en marketing teologal de masas, así que no hay mejor comunión de los santos que ser del Madrid o del Barcelona». O del que sea. Porque, en todo caso, estamos hablando de una religión politeísta.

El despertar de la señorita Prim

A las siete en punto suena la sirena de Astilleros. La oye desde su habitación. Tres minutos después lo hace la alarma del móvil que deja cada noche en la mesilla. La sirena que azuza a los trabajadores es como la llamada del muecín a su conciencia de clase. Ellos ya están dentro. Se levantaron antes que ella, tomaron un café rápido antes que ella, cogieron sus coches y aparcaron antes que ella. Se los imagina ahora como entrando en una fábrica. Como en la escena de los Lumiere pero al revés. Se regodea en su breve privilegio durante esos tres benditos minutos y se levanta poco a poco de la cama. No sabe por qué pero siempre se acuerda en este momento del título de una novela: «El despertar de la señorita Prim»,  sin tener nada que ver esa historia ni con ella ni con su vida.

Hoy es de esas mañanas en las que tras ponerse la zapatilla del pie derecho–siempre el primero no sabe por qué prioridad del subconsciente- tiene ya que descansar un poco antes de ponerse la del pie izquierdo. Hoy es de esas mañanas en las que ni mira si llueve o no.

Mientras espera que hierva el café, recuerda esos otros despertares. Su madre se acercaba a su litera y le tocaba suavemente los pies por encima de las mantas. Así iba, todas las mañanas, despertando uno a uno a todos sus hijos. Como tocando las teclas de un piano imposible. Como la mano de Dios. Sólo un toque y todos resucitaban.

Al tiempo que toma el café, pone una lavadora, completa la lista de la compra, deja preparado el desayuno, mete el bocadillo en la mochila, pega en el espejo una nota con indicaciones de intendencia, anota el teléfono del oftalmólogo para pedir cita, recoge el portátil, ordena los cojines del sofá y se pone los tacones.

Antes de irse entra en la habitación a contemplar el sueño de un niño. Siempre lo mira un rato. ¿Qué imágenes pasarán por su cabeza?. Duerme alejado todo lo que puede de la pared porque por ahí, dice él, entran las pesadillas. No le toca los pies. Le deja dormir con envidia.

Es como un parto, piensa. Abandonar una cama confortable y tener que salir a la calle es como ser expulsado del útero materno y que unas manos extrañas te den unas palmaditas que te obligan a respirar a la fuerza. Por la acera se ven a padres y madres conciliando la vida familiar y laboral. Pasan rápidos, empujando sillitas con bebés adormilados, todavía en pijamas, que deberían estar en sus cunas. Ellos, padres e hijos, también han sido expulsados de otros vientres. El autobús va lleno. Como siempre. Da un breve frenazo y al intentar agarrarse a la barra roza la mano de una mujer. La  señora la retira rápidamente. Lógico. Ella también querría, seguramente, no tener que estar ahí ahora. Querría continuar en el vientre. Calentita.