Los intelectuales, el fútbol, Camilo y sus cuentos

Dicimages-13e el escritor uruguayo Eduardo Galeano que el fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. En España no había intelectual en los 70 que se atreviera a confesar abiertamente que le gustara el futbol y así nos lo recuerda el escritor y madridista Javier Marías. De hecho, no estaba y creo que sigue sin estar bien visto por quienes lo concebían como el pan y circo de la posguerra, el opio del pueblo. Todo multiplicado por millones de aparatos de televisión y radio. Hoy día, elevado al infinito. Por eso, cuando el premio nobel de Literatura Camilo José Cela escribió en 1963 un libro titulado “Once cuentos de fútbol”, se tuvo hasta que justificar frente a algunas críticas diciendo que “el intelectual debe interesarse por todo lo que está vivo, y el fútbol, sin duda, lo está”. Que también hay mucho vivo lucrándose y trampeando en fifas, uefas y demás sitios de mal vivir, no vamos a negarlo. El caso es que el gallego, con el corazón dividido entre el Deportivo de la Coruña y el Celta de Vigo, escribió de fútbol porque le dio la real gana, faltaría más y porque ya había demostrado su nivel literario con obras como La familia de Pascual Duarte o La Colmena. Así que escribió estos once mamotretos surrealistas. Como en un equipo, son once historias de árbitros, entrenadores, futbolistas, novias de futbolistas, la grada, el campo… Camilo, Nobel, Premio Cervantes, escritor reputado con un caché estratosférico y que nunca necesitó una boca prestada, era de la opinión de que “el fútbol embrutece sólo al que viene ya bruto de su casa”. Y ahí, no voy a quitarle la razón.

El hincha del Nacional

Es udescarga-3n poeta que juega con las palabras como con un balón amaestrado a sus pies. Domina el centro del campo de los sentimientos y de las rebeldías y te mete un gol en todo el centro del pecho.

El uruguayo Mario Benedetti, además de gran escritor y de, intuyo, gran persona, fue un gran futbolero. Ya en los años 40 hacía crónicas humorísticas en un periódico de Montevideo de los partidos del Peñarol y del Nacional, su equipo del alma.

En su juventud fue portero. Muchos dicen que es el peor de los puestos. El decía que cuando los compañeros meten un gol, el arquero no puede festejarlo con ellos porque está muy lejos, y cuando se lo meten, uno está resignado a soportarlo en soledad.

El protagonista de su cuento más famoso sobre el fútbol,  “Puntero Izquierdo”, intentaba explicarnos lo que sentía en el campo “allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda”.

Pensaba que a su país, Uruguay, le hizo mucho bien el fútbol. “ En 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡La gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón!

Pero al autor de La Tregua le molestaban mucho dos cosas. “Primero, la violencia, de la que fueron precursores los hooligans ingleses. Encima la violencia de afuera se traslada adentro del campo de juego, con patadas y acciones antideportivas. Es como una vocación de violencia que no entendía. La segunda cosa que le fastidia es, decía, el factor mercantil de este deporte, la excesiva publicidad, las disparatadas cifras de dinero que se manejan. Antes que nada hay que pensar que esto es un juego y merece ser disfrutado como tal”.

A él le gustaba más el fútbol de antes porque era un juego más limpio. Porque Mario, al fin y al cabo, seguía siendo el niño de Montevideo que iba de la mano de su padre a ver al Nacional.

 

El niño de Argel

A Albert Camdescarga-5us le dieron el Nobel de Literatura con 44 años por reflejar en su obra los problemas de conciencia del hombre actual. Eso le dijeron. Aunque a él lo que le gustaba eran dos cosas, la luz del sol y el fútbol. Al contrario que Zidanne, hijo de emigrantes argelinos en Francia, Albert era un pies negros, es decir, de familia de colonos franceses en Argelia. Vivía con su madre, viuda de guerra y analfabeta, y su abuela. y eran pobres de solemnidad.

Así que el niño dejó el medio campo y se puso de portero para evitar las tundas que le daban si llegaba a casa con los zapatos rotos. Y de guardameta jugó en el equipo de la Universidad de Argel. Por eso, ya en París se hizo seguidor del Racing Club solo porque compartía los colores con el equipo de su infancia y juventud. Estaba encantado, lo importante para él era jugar. “Me devoraba –decía- la impaciencia del domingo al jueves, día de entrenamiento, y del jueves al domingo, día del partido. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años que nunca tendría fin”. Pronto aprendió que “la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.

Camus, militante durante un tiempo del Partido Comunista y simpatizante del anarquismo, fue filósofo, periodista, ensayista, dramaturgo… uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, reconocido con el nobel, famoso… Pues bien, poco antes de morir en un accidente de coche, Albert reivindicó el papel del fútbol. “Después de muchos años –decía- en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. El filósofo del absurdo le debía a este deporte su conocimiento de los hombres y la vida. Por eso decía que si volviera a nacer y le dieran a elegir entre ser escritor o futbolista, elegiría lo segundo. Con Premio Nobel y todo.

La infancia y un balón

Seguro que mucho de ustedes lo vivió. Era cuando los balones se hacían con cualquier cosa y los niños tenían toda la calle para jugar. Cuando las zapatillas no eran las Nike de Ronaldo y las madres reñían si las destrozabas a los dos días. Cuando no había Fifa 16 ni los niños competían en las ligas municipales. Era el tiempo de la infancia jugada a golpe de patadas a un balón. Porque una pelota te salvaba del tedio de largas tardes sin tele ni play, ni tablets… La calle y un balón.descarga-2

Ese fútbol callejero que se ha jugado siempre en los barrios pobres del Río de la Plata o de Brasil, desde Liverpool hasta Nápoles. En los campos y en las playas. En las plazuelas de nuestros pueblos andaluces, en los jardines de las ciudades. Evitando al guardia y procurando que la pelota no se “embarcara” en un balcón. Un grupo de niños, sudorosos y gritones, y un balón.

Gerardo Diego, uno de los poetas más importantes de la Generación del 27, le dedicó un poema a un balón: “El balón de fútbol. Tener un balón, Dios mío. Qué planeta de fortuna. Vamos a los Arenales: cinco hectáreas de desierto. Cuadro y recuadro del puerto. Y a jugar. Vale la carga. Pero no la zancadilla. Yo miedo nunca lo tuve. (Una brecha en la espinilla). Tener un balón, Dios mío”.
.Pues eso. Un balón, la calle y amigos.

 

El fútbol a sol y sombra

 

En un cumpleaños le regalé a un amigo un libro sobre fútbol. Él, aficionado a lo segundo más que a lo primero, no se lo leyó. Mi intención, didáctica y casi maternal, era que le cogiera querencia a la lectura tanto o más que al fútbol.Pero hay tareas que ni los 12 trabajos de Hércules. Fracasé, claro. Pero me sirvió, porque el libro en cuestión me lo leí yo.

Y no es que a partir de ese momento no me perdiera un partido, supiera de lesiones musculares, traspasos, dietas de carbohidratos. Nada de eso. Es más, sigo sin reconocer un fuera de juego.Pero ese libro, sí que me ayudó a ver el fútbol de otra manera. El título es “El fútbol a Sol y a Sombra”.

Y dice cosas como éstas:“Por suerte, todavía aparece en las canchas aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”.

Y dice también: “El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos”.

Y esto otro: “¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío?. Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”.

Su autor, Eduardo Galeano, se confiesa : “ Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía”.Así que, Eduardo se dedicó a escribir así de bien.