En una sociedad supermoderna, informatizada y a merced de las nuevas tecnologías, parece como que nos sorprende el protagonismo que asume la Naturaleza en nuestras vidas. Sigue condicionando al animal que llevamos dentro. Somos hijos de la pachamama al fin y al cabo.

Llegó la primavera hace ya un tiempo pero, no me matéis, a mí no me gusta. La primavera, como diría Frank Underwood en House of Card acerca de la Democracia, está sobrevalorada. La de este año me gusta un poco más porque está lloviendo -y ojalá que siga- pero normalmente me altera demasiado. Y lo de abril aguas mil no siempre se cumple.
A mí lo que de verdad me gusta es la lluvia. La lluvia es agua y el agua es vida. No soportaría vivir en un lugar en perpetuo verano. No soportaría parajes secos, tierra, aridez… No soporto el aire caliente de los días de levante ni el calor pegajoso. No soporto los campos amarillos ni las calles sucias. Quiero que llueva. Soy así de «intensa», qué vamos a hacerle.
La lluvia me reconcilia con la Naturaleza. Me llena de bienestar, de sosiego. La presiento y me reconforta. Me da igual salir a la calle y mojarme o quedarme en casa y oír cómo cae, abrir la ventana y olerla, sentirla.
Si alguien me cuenta una historia y dice, «aquel día estaba lloviendo», pienso, «aquel día tuvo que ser un buen día». Es como la Navidad, no puedo evitarlo. Me gusta. En otra vida tuve que vivir en un lugar lluvioso. Fijo. O lo mismo fui lluvia. No sé. Tendré que pensar en esto.


El segundo camino que se puede seguir es el llamado sendero de Torre de Meca. Esta torre -situada en el cerro que le da el nombre tanto a la fortaleza como al núcleo de Los Caños- fue construida ya en el siglo XIX con las mismas características que la anterior y para suplir la escasa visibilidad que había entre la torre del Tajo y la siguiente más cercana, la torre de Trafalgar, de la que sólo se conserva actualmente unos sillares junto al faro de este mismo nombre. Esta ruta comienza en el área recreativa de El Jarillo, situada en el margen derecho de la carretera que divide el parque desde Barbate hasta Los Caños. Por este lugar pasa un carril que nos lleva a San Ambrosio, en donde se conserva la única ermita visigoda de la provincia de Cádiz y casi la única de Andalucía. El Jarillo –en el que en época de colecta se observan impresionantes montañas de piñas recogidas para su posterior venta- está acondicionado como merendero y es perfecto para pasar un día de campo. Si no, se puede continuar camino hasta otro área recreativa, el de Majales del Sol, por el que también hay que pasar si se opta por seguir este sendero que nos conduce a la Torre de Meca. Antes de llegar a la torre, los pinos dejan paso a lo que fue un arboretum de hasta once especies diferentes de eucaliptos que fue plantado hace casi cuarenta años para experimentar con nuevas especies de repoblación forestal. Al igual que en los acantilados, también abundan una gran variedad de pájaros como abubillas, jilgueros, verdecillos, e incluso se pude oír el canto de algún cuco. Es por aquí en donde además se puede observar algunos ejemplares de camaleón, uno de los reptiles más amenazados y que está estrictamente protegido por la ley.