Deseos

 Pedimos deseos a las estrellas fugaces, a las hadas, a la luna, a las velas de cumpleaños, al tirar monedas a los estanques, a una pestaña caída o a un trébol de cuatro hojas. Fantaseamos con la lámpara maravillosa y pedimos plegarias a los Santos.

En definitiva, aceptamos cualquier ayuda, cualquier excusa, que nos permita aliviar nuestras incertidumbres. Un empujoncito que sirva para alejar a la mala suerte y tirar para adelante como mejor se pueda.

En el ritual que repetimos cada año no nos da tiempo de pensar en un deseo para cada una de las doce uvas. En un deseo por cada mes del calendario que estamos estrenando.

Un almanaque sin tachaduras es nuestro futuro oculto y misterioso. Pero está en blanco todavía. Por eso ahora, sin el atropello de las doce campanadas, propongo doce deseos para este año que va a empezar.

Pido: Sabiduría para quienes deciden, tenacidad para el listo, alegría para los niños, educación para el bruto, suerte para el emprendedor, tolerancia para el intransigente, fracaso para el envidioso, éxito para el bondadoso, paz, salud, trabajo y amor. uvas

Historia verídica: La tarde de la Nochebuena

Era la tarde de Nochebuena. A., una chiquilla de 14 años, se esmeraba en la cocina aprendiendo a rellenar un pavo. Por aquella época ya peinaba una estirada trenza negra que nunca se cortó y que, cuando la conocí, unos sesenta años después, recogía en un moño con horquillas.

La enorme casa era un hervidero. Todo el mundo atendía a sus quehaceres para que nada faltara en la mesa.

A M.T., una de las hijas de la señora, le gustaba bajar a la cocina y entretenerse con las criadas. A. y M. T. tenían la misma edad y, a veces, compartían juegos en el jardín cuando la primera podía y la segunda no tenía a nadie mejor con quien jugar.

Ese día estaba M.T. especialmente chistosa así que, medio en broma, le pidió a A. que metiera el dedo en la picadora de carne, un artilugio de hierro que alguien trajo de un viaje a Madrid.

Los gritos de A. se oyeron más allá del patio porticado, del jardín, de la capilla y de los muros que separaban la casa del resto del pueblo. Sólo fue una broma.

 

 

 

 

Me gusta la Navidad

images-7Así ha sido siempre. Me gusta incluso el preámbulo que la anuncia. Las señales por las que la vamos intuyendo semanas antes. Me gustan las luces y los anuncios de juguetes. Me gustan los villancicos por las calles y hasta el ruido de las panderetas. Me gustan los polvorones y el turrón. Me gusta el itinerario ritual de los belenes y las cintas de colores de los árboles. Me gusta recibir postales navideñas de misterios barrocos con vírgenes hermosísimas y bebés rollizos. Hasta la nieve de las postales. Me gusta el soniquete de la lotería de Navidad. El trasiego de compras apresuradas la víspera del día de reyes. Me gustan las comidas navideñas: Las de amigos, las de compañeros de trabajo, las familiares. Que la gente se desee felices pascuas y feliz año nuevo. En fin, qué le vamos a hacer. Ahora que parece que ya no se lleva decirlo,tengo claro que me gusta la Navidad. Lo reconozco.

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Los intelectuales, el fútbol, Camilo y sus cuentos

Dicimages-13e el escritor uruguayo Eduardo Galeano que el fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. En España no había intelectual en los 70 que se atreviera a confesar abiertamente que le gustara el futbol y así nos lo recuerda el escritor y madridista Javier Marías. De hecho, no estaba y creo que sigue sin estar bien visto por quienes lo concebían como el pan y circo de la posguerra, el opio del pueblo. Todo multiplicado por millones de aparatos de televisión y radio. Hoy día, elevado al infinito. Por eso, cuando el premio nobel de Literatura Camilo José Cela escribió en 1963 un libro titulado “Once cuentos de fútbol”, se tuvo hasta que justificar frente a algunas críticas diciendo que “el intelectual debe interesarse por todo lo que está vivo, y el fútbol, sin duda, lo está”. Que también hay mucho vivo lucrándose y trampeando en fifas, uefas y demás sitios de mal vivir, no vamos a negarlo. El caso es que el gallego, con el corazón dividido entre el Deportivo de la Coruña y el Celta de Vigo, escribió de fútbol porque le dio la real gana, faltaría más y porque ya había demostrado su nivel literario con obras como La familia de Pascual Duarte o La Colmena. Así que escribió estos once mamotretos surrealistas. Como en un equipo, son once historias de árbitros, entrenadores, futbolistas, novias de futbolistas, la grada, el campo… Camilo, Nobel, Premio Cervantes, escritor reputado con un caché estratosférico y que nunca necesitó una boca prestada, era de la opinión de que “el fútbol embrutece sólo al que viene ya bruto de su casa”. Y ahí, no voy a quitarle la razón.

Consejo

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Cuando rompas el billete de vuelta y tires al fuego retales de tardes enfurecidas.

Cuando descosas el vestido de promesas hecho a medida y rasgues las sábanas que tocaron sus pies.

Cuando confundas miradas y olvides canciones.

Cuando destruyas el rincón en el que se esconden los reproches.

 Y pises, al fin, el prado.

Entonces,  sacúdete el rencor de los hombros y camina como si fueras lluvia y tu cuerpo fuera el universo.

 

Los visitantes

A la vuelta del pueblo, todavía traen en sus miradas los reflejos de las guirnaldas de colores. Luces intermitentes que encuadran la felicidad del olor a chocolate y a bizcocho amasado por manos blancas que nunca han tocado las piedras ni las espinas.

Una felicidad que se oye desde afuera porque la melodía sale, rompiendo bisagras y candados, del arcón de sus antepasados y arrastra luego por el aire el orgullo del virtuoso.

Desde la calle, los ojos grandes de los visitantes, hijos desterrados de desiertos sin azahares, traspasan cristales empañados con la rabia tibia de los alacranes domesticados. Vaho de chimenea aterida bajo la farola de caridad dudosa y de cierta luz pintada al óleo.

Con la noche ya encima, la nieve les recuerda lo lejos que están de sus infancias y lo lejos que están, también ahora, de estos salones de luces amarillas y bebés perfumados. De un cielo que ni habían imaginado si quiera.

“Es un cuadro tan real”, dirán cuando observen desde la distancia del mando las huesudas manos que llaman a las puertas color lavanda y olor a madera que cerraron con llave de hielo para que no escapara la felicidad  ni entrara el frío, el ladrón o el drama.

Por eso, los visitantes, huéspedes imposibles que no fueron invitados, cruzan de nuevo el puente del olvido en fila negra, camino del bosque. Andan como hormigas tristes y obedientes tras el guardián del orden del pueblo cuyas luces todavía se ven a sus espaldas.