Historia verídica: La tarde de la Nochebuena

Era la tarde de Nochebuena. A., una chiquilla de 14 años, se esmeraba en la cocina aprendiendo a rellenar un pavo. Por aquella época ya peinaba una estirada trenza negra que nunca se cortó y que, cuando la conocí, unos sesenta años después, recogía en un moño con horquillas.

La enorme casa era un hervidero. Todo el mundo atendía a sus quehaceres para que nada faltara en la mesa.

A M.T., una de las hijas de la señora, le gustaba bajar a la cocina y entretenerse con las criadas. A. y M. T. tenían la misma edad y, a veces, compartían juegos en el jardín cuando la primera podía y la segunda no tenía a nadie mejor con quien jugar.

Ese día estaba M.T. especialmente chistosa así que, medio en broma, le pidió a A. que metiera el dedo en la picadora de carne, un artilugio de hierro que alguien trajo de un viaje a Madrid.

Los gritos de A. se oyeron más allá del patio porticado, del jardín, de la capilla y de los muros que separaban la casa del resto del pueblo. Sólo fue una broma.

 

 

 

 

Me gusta la Navidad

images-7Así ha sido siempre. Me gusta incluso el preámbulo que la anuncia. Las señales por las que la vamos intuyendo semanas antes. Me gustan las luces y los anuncios de juguetes. Me gustan los villancicos por las calles y hasta el ruido de las panderetas. Me gustan los polvorones y el turrón. Me gusta el itinerario ritual de los belenes y las cintas de colores de los árboles. Me gusta recibir postales navideñas de misterios barrocos con vírgenes hermosísimas y bebés rollizos. Hasta la nieve de las postales. Me gusta el soniquete de la lotería de Navidad. El trasiego de compras apresuradas la víspera del día de reyes. Me gustan las comidas navideñas: Las de amigos, las de compañeros de trabajo, las familiares. Que la gente se desee felices pascuas y feliz año nuevo. En fin, qué le vamos a hacer. Ahora que parece que ya no se lleva decirlo,tengo claro que me gusta la Navidad. Lo reconozco.

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Los intelectuales, el fútbol, Camilo y sus cuentos

Dicimages-13e el escritor uruguayo Eduardo Galeano que el fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. En España no había intelectual en los 70 que se atreviera a confesar abiertamente que le gustara el futbol y así nos lo recuerda el escritor y madridista Javier Marías. De hecho, no estaba y creo que sigue sin estar bien visto por quienes lo concebían como el pan y circo de la posguerra, el opio del pueblo. Todo multiplicado por millones de aparatos de televisión y radio. Hoy día, elevado al infinito. Por eso, cuando el premio nobel de Literatura Camilo José Cela escribió en 1963 un libro titulado “Once cuentos de fútbol”, se tuvo hasta que justificar frente a algunas críticas diciendo que “el intelectual debe interesarse por todo lo que está vivo, y el fútbol, sin duda, lo está”. Que también hay mucho vivo lucrándose y trampeando en fifas, uefas y demás sitios de mal vivir, no vamos a negarlo. El caso es que el gallego, con el corazón dividido entre el Deportivo de la Coruña y el Celta de Vigo, escribió de fútbol porque le dio la real gana, faltaría más y porque ya había demostrado su nivel literario con obras como La familia de Pascual Duarte o La Colmena. Así que escribió estos once mamotretos surrealistas. Como en un equipo, son once historias de árbitros, entrenadores, futbolistas, novias de futbolistas, la grada, el campo… Camilo, Nobel, Premio Cervantes, escritor reputado con un caché estratosférico y que nunca necesitó una boca prestada, era de la opinión de que “el fútbol embrutece sólo al que viene ya bruto de su casa”. Y ahí, no voy a quitarle la razón.

Consejo

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Cuando rompas el billete de vuelta y tires al fuego retales de tardes enfurecidas.

Cuando descosas el vestido de promesas hecho a medida y rasgues las sábanas que tocaron sus pies.

Cuando confundas miradas y olvides canciones.

Cuando destruyas el rincón en el que se esconden los reproches.

 Y pises, al fin, el prado.

Entonces,  sacúdete el rencor de los hombros y camina como si fueras lluvia y tu cuerpo fuera el universo.

 

Los visitantes

A la vuelta del pueblo, todavía traen en sus miradas los reflejos de las guirnaldas de colores. Luces intermitentes que encuadran la felicidad del olor a chocolate y a bizcocho amasado por manos blancas que nunca han tocado las piedras ni las espinas.

Una felicidad que se oye desde afuera porque la melodía sale, rompiendo bisagras y candados, del arcón de sus antepasados y arrastra luego por el aire el orgullo del virtuoso.

Desde la calle, los ojos grandes de los visitantes, hijos desterrados de desiertos sin azahares, traspasan cristales empañados con la rabia tibia de los alacranes domesticados. Vaho de chimenea aterida bajo la farola de caridad dudosa y de cierta luz pintada al óleo.

Con la noche ya encima, la nieve les recuerda lo lejos que están de sus infancias y lo lejos que están, también ahora, de estos salones de luces amarillas y bebés perfumados. De un cielo que ni habían imaginado si quiera.

“Es un cuadro tan real”, dirán cuando observen desde la distancia del mando las huesudas manos que llaman a las puertas color lavanda y olor a madera que cerraron con llave de hielo para que no escapara la felicidad  ni entrara el frío, el ladrón o el drama.

Por eso, los visitantes, huéspedes imposibles que no fueron invitados, cruzan de nuevo el puente del olvido en fila negra, camino del bosque. Andan como hormigas tristes y obedientes tras el guardián del orden del pueblo cuyas luces todavía se ven a sus espaldas.

 

 

El hincha del Nacional

Es udescarga-3n poeta que juega con las palabras como con un balón amaestrado a sus pies. Domina el centro del campo de los sentimientos y de las rebeldías y te mete un gol en todo el centro del pecho.

El uruguayo Mario Benedetti, además de gran escritor y de, intuyo, gran persona, fue un gran futbolero. Ya en los años 40 hacía crónicas humorísticas en un periódico de Montevideo de los partidos del Peñarol y del Nacional, su equipo del alma.

En su juventud fue portero. Muchos dicen que es el peor de los puestos. El decía que cuando los compañeros meten un gol, el arquero no puede festejarlo con ellos porque está muy lejos, y cuando se lo meten, uno está resignado a soportarlo en soledad.

El protagonista de su cuento más famoso sobre el fútbol,  “Puntero Izquierdo”, intentaba explicarnos lo que sentía en el campo “allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda”.

Pensaba que a su país, Uruguay, le hizo mucho bien el fútbol. “ En 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡La gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón!

Pero al autor de La Tregua le molestaban mucho dos cosas. “Primero, la violencia, de la que fueron precursores los hooligans ingleses. Encima la violencia de afuera se traslada adentro del campo de juego, con patadas y acciones antideportivas. Es como una vocación de violencia que no entendía. La segunda cosa que le fastidia es, decía, el factor mercantil de este deporte, la excesiva publicidad, las disparatadas cifras de dinero que se manejan. Antes que nada hay que pensar que esto es un juego y merece ser disfrutado como tal”.

A él le gustaba más el fútbol de antes porque era un juego más limpio. Porque Mario, al fin y al cabo, seguía siendo el niño de Montevideo que iba de la mano de su padre a ver al Nacional.