El fútbol a sol y sombra

 

En un cumpleaños le regalé a un amigo un libro sobre fútbol. Él, aficionado a lo segundo más que a lo primero, no se lo leyó. Mi intención, didáctica y casi maternal, era que le cogiera querencia a la lectura tanto o más que al fútbol.Pero hay tareas que ni los 12 trabajos de Hércules. Fracasé, claro. Pero me sirvió, porque el libro en cuestión me lo leí yo.

Y no es que a partir de ese momento no me perdiera un partido, supiera de lesiones musculares, traspasos, dietas de carbohidratos. Nada de eso. Es más, sigo sin reconocer un fuera de juego.Pero ese libro, sí que me ayudó a ver el fútbol de otra manera. El título es “El fútbol a Sol y a Sombra”.

Y dice cosas como éstas:“Por suerte, todavía aparece en las canchas aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”.

Y dice también: “El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos”.

Y esto otro: “¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío?. Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”.

Su autor, Eduardo Galeano, se confiesa : “ Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía”.Así que, Eduardo se dedicó a escribir así de bien.

 

En cualquier sitio ahora mismo

Son los primeros en llegar a las oficinas todavía a oscuras a esa temprana hora de la mañana. Aunque en absoluto silencio, el eco de los teléfonos, el teclear de ordenadores y las conversaciones de los trabajadores permanecen de alguna manera en el aire. Al director general de nuevos proyectos no le termina de gustar el edificio inteligente al que  la multinacional, la más potente de Andalucía, les ha trasladado recientemente, a las afueras de la ciudad. Todos las paredes y puertas son de un moderno material transparente y esas moderneces están bien para controlar el trabajo de sus empleados, pero no le hace ninguna gracia  que ellos también puedan hacerlo a la inversa. Sin contar con el enorme gasto en aire acondicionado para amortiguar el calorazo que sacude la fachada.

El jefe de personal le pregunta por su familia y, acto seguido, por los avances en la nueva plataforma solar en la que trabaja su departamento. “Una de las más grandes de Europa ¿no?”, le pregunta con cierto tono cobista. El director general contesta dos escuetos, bien, bien, y va al grano, no hay tiempo que perder. A las ocho empezarán a llegar los trabajadores y ocuparán, como remeros en galeras, cada uno su asiento. Ellos mismos se cierran los grilletes. Esa imagen le hizo un poco de gracia, incluso, al señor director general.

“Según su opinión, le pregunta acto seguido, ¿de quiénes podemos prescindir?”. El jefe de personal saca una lista de su maletín de cuero y disecciona uno a uno los nombres anotados. Como una aséptica autopsia curricular y personal de esas personas sin cara. Debaten un rato y, finalmente, anotan un par de nombres. “Hoy mismo tienes que hablar con ellos, ¿de acuerdo?. Suelta con aire despreocupado antes de salir por la puerta.

Cuento gotas

A tientas entro en esta aventura solitaria pero compartida. A tientas voy chocando contra la tecnología. A tientas tanteo los bolsillos, el alma y la memoria buscando algún papel olvidado, alguna historia interesante o algún recuerdo que plasmar en este espacio. A lo mejor alguien lo lee. Pero si no es así también me vale porque no me olvido de que esto es una gota en el océano. Cuento gotas.