El hincha del Nacional

Es udescarga-3n poeta que juega con las palabras como con un balón amaestrado a sus pies. Domina el centro del campo de los sentimientos y de las rebeldías y te mete un gol en todo el centro del pecho.

El uruguayo Mario Benedetti, además de gran escritor y de, intuyo, gran persona, fue un gran futbolero. Ya en los años 40 hacía crónicas humorísticas en un periódico de Montevideo de los partidos del Peñarol y del Nacional, su equipo del alma.

En su juventud fue portero. Muchos dicen que es el peor de los puestos. El decía que cuando los compañeros meten un gol, el arquero no puede festejarlo con ellos porque está muy lejos, y cuando se lo meten, uno está resignado a soportarlo en soledad.

El protagonista de su cuento más famoso sobre el fútbol,  “Puntero Izquierdo”, intentaba explicarnos lo que sentía en el campo “allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda”.

Pensaba que a su país, Uruguay, le hizo mucho bien el fútbol. “ En 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡La gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón!

Pero al autor de La Tregua le molestaban mucho dos cosas. “Primero, la violencia, de la que fueron precursores los hooligans ingleses. Encima la violencia de afuera se traslada adentro del campo de juego, con patadas y acciones antideportivas. Es como una vocación de violencia que no entendía. La segunda cosa que le fastidia es, decía, el factor mercantil de este deporte, la excesiva publicidad, las disparatadas cifras de dinero que se manejan. Antes que nada hay que pensar que esto es un juego y merece ser disfrutado como tal”.

A él le gustaba más el fútbol de antes porque era un juego más limpio. Porque Mario, al fin y al cabo, seguía siendo el niño de Montevideo que iba de la mano de su padre a ver al Nacional.

 

Mi superhéroe

 

Músico de perros invisibles.

Navegante en una balsa de mentira.

Superhéroe en pijama.

Bellos ojos oscuros que se clavan en mi vientre.

Tus pupilas guardan el misterio de la vida.

Boca en construcción. Tus labios bebieron de mí.

Rodillas desconchadas como santos de sacristías pobres.

Pies de leopardo en el cemento del recreo.

Huella que ablanda el mármol de un domingo lluvioso.

Con todo el futuro en tus dedos de uñas comidas.

Con el  olor a racimo de vientos, a raíces de agua de pozo, a sudor suave, a la madera de los colores del arco iris.

Te miro queriendo adivinar el porvenir de tus huesos.

Te beso en porfía absurda con futuras amantes.

Te quiero hasta el infinito y volver, me dices, y yo te creo irremediablemente.

 

El niño de Argel

A Albert Camdescarga-5us le dieron el Nobel de Literatura con 44 años por reflejar en su obra los problemas de conciencia del hombre actual. Eso le dijeron. Aunque a él lo que le gustaba eran dos cosas, la luz del sol y el fútbol. Al contrario que Zidanne, hijo de emigrantes argelinos en Francia, Albert era un pies negros, es decir, de familia de colonos franceses en Argelia. Vivía con su madre, viuda de guerra y analfabeta, y su abuela. y eran pobres de solemnidad.

Así que el niño dejó el medio campo y se puso de portero para evitar las tundas que le daban si llegaba a casa con los zapatos rotos. Y de guardameta jugó en el equipo de la Universidad de Argel. Por eso, ya en París se hizo seguidor del Racing Club solo porque compartía los colores con el equipo de su infancia y juventud. Estaba encantado, lo importante para él era jugar. “Me devoraba –decía- la impaciencia del domingo al jueves, día de entrenamiento, y del jueves al domingo, día del partido. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años que nunca tendría fin”. Pronto aprendió que “la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.

Camus, militante durante un tiempo del Partido Comunista y simpatizante del anarquismo, fue filósofo, periodista, ensayista, dramaturgo… uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, reconocido con el nobel, famoso… Pues bien, poco antes de morir en un accidente de coche, Albert reivindicó el papel del fútbol. “Después de muchos años –decía- en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. El filósofo del absurdo le debía a este deporte su conocimiento de los hombres y la vida. Por eso decía que si volviera a nacer y le dieran a elegir entre ser escritor o futbolista, elegiría lo segundo. Con Premio Nobel y todo.

Historia verídica: Romería

burro-en-la-playaInútil para la romería, en la playa de Malandar abandonaron a una mula, agotada ya de kilómetros y carga. Demasiado cerca de la orilla, la marea, como una imparable manta, la fue cubriendo al caer la noche. Sólo unos enormes ojos asustados brillaban en la negrura de la costa de Doñana.
Una semana más tarde regresaron los rocieros del coto con los cuerpos castigados por las borracheras y las vigilias, con las botas sucias y las caras gastadas. El dueño de la mula se acercó al animal, tumbado todavía en la arena mojada. Empujó su lomo con el pié como para certificar su muerte después de días sin comer ni beber pero la mula abrió los ojos e intentó incorporarse. Un grupo de hombres la levantaron a palos y se la llevaron de vuelta a casa. Como si nada hubiera pasado. Así me lo contaron.

 

Historia verídica: Día perdido

jornaleros

A las seis de la mañana llegan los hombres a la era. En estos años de pura hambre, el jornal es un kilo de pan “moreno” que el mayoral les entrega antes de que vayan a sus obligaciones: la siega, la trilla, los animales… Es el primer día de primavera y no para de llover así que Juan ha preferido quitarse las zapatillas de esparto y faenar descalzo. Pero no para de llover y llover y el campo no empapa el agua y los hombres esperan en el cobertizo y miran al manijero que sigue apostado en la puerta con los ojos perdidos más allá de los límites de la finca y los hombres esperan a que escampe. Algunos pellizcan el pan y engañan al hambre pero Juan quiere llevarlo a casa entero. Pero no para de llover y los hombres, tristes, oscuros, sucios, con caras de pobres y manos de pobres, no pueden salir al campo. Solo se oye el ruido del agua sobre el techo del cobertizo. Y no para de llover.

A las dos de la tarde, el capataz da el día por perdido. “Ya os podéis ir pa casa” les dice desde el dintel de la puerta, sin mirarles si quiera. Salen uno a uno y al pasar junto a él le van devolviendo los panes que vuelven a la canasta de mimbre. Los hombres observan desde lejos cómo el capataz se acerca a las pocilgas con la cesta y tira el pan a los cochinos. Juan esboza una sonrisa amarga y piensa que, al menos, sus compañeros han desayunado.

La infancia y un balón

Seguro que mucho de ustedes lo vivió. Era cuando los balones se hacían con cualquier cosa y los niños tenían toda la calle para jugar. Cuando las zapatillas no eran las Nike de Ronaldo y las madres reñían si las destrozabas a los dos días. Cuando no había Fifa 16 ni los niños competían en las ligas municipales. Era el tiempo de la infancia jugada a golpe de patadas a un balón. Porque una pelota te salvaba del tedio de largas tardes sin tele ni play, ni tablets… La calle y un balón.descarga-2

Ese fútbol callejero que se ha jugado siempre en los barrios pobres del Río de la Plata o de Brasil, desde Liverpool hasta Nápoles. En los campos y en las playas. En las plazuelas de nuestros pueblos andaluces, en los jardines de las ciudades. Evitando al guardia y procurando que la pelota no se “embarcara” en un balcón. Un grupo de niños, sudorosos y gritones, y un balón.

Gerardo Diego, uno de los poetas más importantes de la Generación del 27, le dedicó un poema a un balón: “El balón de fútbol. Tener un balón, Dios mío. Qué planeta de fortuna. Vamos a los Arenales: cinco hectáreas de desierto. Cuadro y recuadro del puerto. Y a jugar. Vale la carga. Pero no la zancadilla. Yo miedo nunca lo tuve. (Una brecha en la espinilla). Tener un balón, Dios mío”.
.Pues eso. Un balón, la calle y amigos.