Los visitantes

A la vuelta del pueblo, todavía traen en sus miradas los reflejos de las guirnaldas de colores. Luces intermitentes que encuadran la felicidad del olor a chocolate y a bizcocho amasado por manos blancas que nunca han tocado las piedras ni las espinas.

Una felicidad que se oye desde afuera porque la melodía sale, rompiendo bisagras y candados, del arcón de sus antepasados y arrastra luego por el aire el orgullo del virtuoso.

Desde la calle, los ojos grandes de los visitantes, hijos desterrados de desiertos sin azahares, traspasan cristales empañados con la rabia tibia de los alacranes domesticados. Vaho de chimenea aterida bajo la farola de caridad dudosa y de cierta luz pintada al óleo.

Con la noche ya encima, la nieve les recuerda lo lejos que están de sus infancias y lo lejos que están, también ahora, de estos salones de luces amarillas y bebés perfumados. De un cielo que ni habían imaginado si quiera.

“Es un cuadro tan real”, dirán cuando observen desde la distancia del mando las huesudas manos que llaman a las puertas color lavanda y olor a madera que cerraron con llave de hielo para que no escapara la felicidad  ni entrara el frío, el ladrón o el drama.

Por eso, los visitantes, huéspedes imposibles que no fueron invitados, cruzan de nuevo el puente del olvido en fila negra, camino del bosque. Andan como hormigas tristes y obedientes tras el guardián del orden del pueblo cuyas luces todavía se ven a sus espaldas.

 

 

Galletas

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¿Sabes qué pasa?. Que yo no quería galletas. Me convencen para comerlas. Empiezan a gustarme. Pero no llego al mueble. Me ayudan a cogerlas. Luego aprendo a alcanzarlas poniendo un taburete. Pero cuando por fin las consigo, el bote está vacío.

No sé si se acabaron sin más o se las han dado a otra persona. Lloro. Me calmo. Vuelvo a llorar cuando me acuerdo. Me calmo de nuevo. Me distraigo. Como otra cosa. Me gusta. Me río.

Pero cuando ya no me acuerdo de las galletas, alguien viene con un hermoso paquete repleto de ellas. Y me las vuelve a dar. Y yo las cojo.

 

 

 

 

 

En cualquier sitio ahora mismo

Son los primeros en llegar a las oficinas todavía a oscuras a esa temprana hora de la mañana. Aunque en absoluto silencio, el eco de los teléfonos, el teclear de ordenadores y las conversaciones de los trabajadores permanecen de alguna manera en el aire. Al director general de nuevos proyectos no le termina de gustar el edificio inteligente al que  la multinacional, la más potente de Andalucía, les ha trasladado recientemente, a las afueras de la ciudad. Todos las paredes y puertas son de un moderno material transparente y esas moderneces están bien para controlar el trabajo de sus empleados, pero no le hace ninguna gracia  que ellos también puedan hacerlo a la inversa. Sin contar con el enorme gasto en aire acondicionado para amortiguar el calorazo que sacude la fachada.

El jefe de personal le pregunta por su familia y, acto seguido, por los avances en la nueva plataforma solar en la que trabaja su departamento. “Una de las más grandes de Europa ¿no?”, le pregunta con cierto tono cobista. El director general contesta dos escuetos, bien, bien, y va al grano, no hay tiempo que perder. A las ocho empezarán a llegar los trabajadores y ocuparán, como remeros en galeras, cada uno su asiento. Ellos mismos se cierran los grilletes. Esa imagen le hizo un poco de gracia, incluso, al señor director general.

“Según su opinión, le pregunta acto seguido, ¿de quiénes podemos prescindir?”. El jefe de personal saca una lista de su maletín de cuero y disecciona uno a uno los nombres anotados. Como una aséptica autopsia curricular y personal de esas personas sin cara. Debaten un rato y, finalmente, anotan un par de nombres. “Hoy mismo tienes que hablar con ellos, ¿de acuerdo?. Suelta con aire despreocupado antes de salir por la puerta.

Cuento gotas

A tientas entro en esta aventura solitaria pero compartida. A tientas voy chocando contra la tecnología. A tientas tanteo los bolsillos, el alma y la memoria buscando algún papel olvidado, alguna historia interesante o algún recuerdo que plasmar en este espacio. A lo mejor alguien lo lee. Pero si no es así también me vale porque no me olvido de que esto es una gota en el océano. Cuento gotas.