Historia verídica: Día perdido

jornaleros

A las seis de la mañana llegan los hombres a la era. En estos años de pura hambre, el jornal es un kilo de pan “moreno” que el mayoral les entrega antes de que vayan a sus obligaciones: la siega, la trilla, los animales… Es el primer día de primavera y no para de llover así que Juan ha preferido quitarse las zapatillas de esparto y faenar descalzo. Pero no para de llover y llover y el campo no empapa el agua y los hombres esperan en el cobertizo y miran al manijero que sigue apostado en la puerta con los ojos perdidos más allá de los límites de la finca y los hombres esperan a que escampe. Algunos pellizcan el pan y engañan al hambre pero Juan quiere llevarlo a casa entero. Pero no para de llover y los hombres, tristes, oscuros, sucios, con caras de pobres y manos de pobres, no pueden salir al campo. Solo se oye el ruido del agua sobre el techo del cobertizo. Y no para de llover.

A las dos de la tarde, el capataz da el día por perdido. “Ya os podéis ir pa casa” les dice desde el dintel de la puerta, sin mirarles si quiera. Salen uno a uno y al pasar junto a él le van devolviendo los panes que vuelven a la canasta de mimbre. Los hombres observan desde lejos cómo el capataz se acerca a las pocilgas con la cesta y tira el pan a los cochinos. Juan esboza una sonrisa amarga y piensa que, al menos, sus compañeros han desayunado.

Matanza del cerdo

Acuérdate del olor a monte en tu pelo y de las mujeres sin frío trajinando entre la sangre y el barro.

Y del fuego fiel, domado desde el origen de la inteligencia.

Acuérdate de los hombres que clavaron sus cuchillos en los gritos de la bestia cuando el sol empezaba su rutina de asesino de sombras.

Esos hombres de pieles inertes que sólo hablan de hazañas bravas porque les fueron vetadas las palabras de amor.

Acuérdate de los perros lampando alrededor de la carne. Perros tristes, siempre hambrientos, colmados de palos y de cuerdas.

Acuérdate de que los niños arañaban sus piernas jugando en los árboles y chorreaban naranjas por sus caras y sus dedos. Y reían sin saber que todavía eran felices.

Acuérdate de que lo has vivido y por eso todavía perdura el humo en tu ropa y la tierra en tus uñas y las voces que contaban leyendas cuando la primera luna llena de diciembre aparecía lenta, como sin querer que ese día se acabara.

Historia verídica: El fotógrafo

sin-titulo       El fotógrafo de mi pueblo no sabía leer. Era un gitano viejo y honrado que enseñó a los más listos de su numerosa prole a cargar el flash, enfocar y apretar el disparador en el momento más o menos preciso.

       Retrataba la felicidad de la gente. Él y toda su familia vivían de comuniones, cumpleaños, bodas y bautizos. Pero era, además, el “corresponsal gráfico” del periódico más importante de la provincia.

         Con la tiranía que emana la lejanía de un despacho en la capital, el fotógrafo, hombre discreto y poco dado a la protesta, sólo cobraba, y poco, si las fotos eran publicadas. Pero las fotos o llegaban tarde a la redacción, o no tenían calidad -a falta de laboratorio, sacaba el carrete con mucho cuidado debajo de la colcha de su cama de matrimonio para que no se velara el rollo- o se perdían en los autobuses que las llevaban a la ciudad.

    Un día, temprano, me lo encontré en la plaza del pueblo. Cuando se ponía nervioso se subía las gafas de pasta continuamente y sonreía enseñando su diente de oro a juego con el sello del dedo. Me pidió que reclamara por él el dinero que le debían porque hacía tres meses que no cobraba.   Me enseñó un papel arrugado, la hoja arrancada de una libreta escolar.

    Estaba llena de palitos pintados a lápiz. Cada palito era una foto publicada  y no pagada. “Mira -me dijo- lo tengo todo anotado. Y yo no miento”.