Matanza del cerdo

Acuérdate del olor a monte en tu pelo y de las mujeres sin frío trajinando entre la sangre y el barro.

Y del fuego fiel, domado desde el origen de la inteligencia.

Acuérdate de los hombres que clavaron sus cuchillos en los gritos de la bestia cuando el sol empezaba su rutina de asesino de sombras.

Esos hombres de pieles inertes que sólo hablan de hazañas bravas porque les fueron vetadas las palabras de amor.

Acuérdate de los perros lampando alrededor de la carne. Perros tristes, siempre hambrientos, colmados de palos y de cuerdas.

Acuérdate de que los niños arañaban sus piernas jugando en los árboles y chorreaban naranjas por sus caras y sus dedos. Y reían sin saber que todavía eran felices.

Acuérdate de que lo has vivido y por eso todavía perdura el humo en tu ropa y la tierra en tus uñas y las voces que contaban leyendas cuando la primera luna llena de diciembre aparecía lenta, como sin querer que ese día se acabara.

6 comentarios en “Matanza del cerdo”

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